Los mágicos (capítulo I)
El cochino, grande y negro, está parado en las patas traseras, erguido como un hombre. Un arcoiris casi invisible flota en las gotas que esparce el viento y el cerdo reza, murmura, implora ¿quién puede saber lo que hace?, pero en todo caso parece fascinado ante la caída de agua que forma un pozo, se represa y se desprende en decenas de cascadas acezantes que al mismo tiempo son lenguas colgando entre colmillos de piedra.
Los rumores de río naciendo se pierden en una maraña de bejucos, montaña abajo, y en un instante irrepetible, agua y luz engendran una culebra, que desaparece tragada por la vegetación.
Bernardo se asusta pero sabe que todo aquello es un espíritu: no debe hablar, gritar, y mucho menos salir corriendo. El cochino sufre una respiración gruesa, se está muriendo, se ahoga, observa algo que nadie más puede ver. Bernardo retrocede tratando de no hacer bulla y se agacha un rato entre las matas de yuca, que es hacia donde se dirigía inicialmente.
Si allá hubiese un animal verdadero escucharía el corazón de Bernardo y le hallaría rápidamente entre estos yucales. Saltaría y lo estrujaría, masacrándolo contra el monte y se desataría la horrorosa catinga que identifica a la violencia. Bernardo se limpia el sudor de lafrente y el que brota como un bigote encima del labio. Su padre le enseñó una oración para esas ocasiones en que se materializan los espantos y los encantos del monte pero no la recuerda. También le ha comentado infinidad de veces que los espíritus no hacen daño, solamente avisan, anuncian: "va a suceder algo", aunque de una manera tan enigmática que es necesario ser adivino para descifrar tales mensajes.
"¿Será un tesoro?", se pregunta Bernardo y ya sin tanto miedo atraviesa la cortina de breñas detrás de la cual se encuentra el nacimiento del río.
Aquel sonido de agua rompiéndose y fluyendo por la montaña le va calmando el corazón. Ahora respira más lentamente. Mira de izquierda a derecha todo el espacio. No hay nada. Sólo quedan nerviosidades de pájaros en el follaje y un solapado revoloteo de perdices.
Bernardo no entiende lo que ocurre y regresa perturbado al campo de yucas. Extrae nombres desacertados para el entorno que registran sus ojos y en una simultaneidad angustiosa se prueba los labios ignorando completamente quien es él. De pronto se le alegra el rostro cuando su mente se llena con una frase certera: "estoy soñando". Luego olvida todo y analiza con seriedad el color de las matas para escoger una con buenas raíces.
Se agacha y hunde el cuchillo en la tierra oscura; escarba y trata de adivinar cuántas yucas tiene la mata que ha escogido. Apenas la arranca inicia un juego: mueve la pata, con demasiados dedos, de una gallina grandísima nunca vista, pero entonces recuerda que su padre le ordenó "haz café" y él ni siquiera ha subido la olla al fogón porque se distrae sobremanera cuando se trata debuscar raíces o cortar plátanos.
Haciendo sonar el maizal como bestia escapándose, corre hacia la casa y sin detenerse deja caer las yucas y el cuchillo en el piso de tierra y con una inmediatez de ardilla alborota los cachivaches del rincón ceniciento que es la cocina.
Saca agua de la tinaja y la vierte en una olla de aluminio deformada con abolladuras que podrían fungir de calendario familiar. Insiste en mirar el agua esperando ansiosamente el hervor pero tarda mucho. Ni siquiera se escucha el burbujeo. ¿Qué hacer? Se desespera. Ojalá que su padre esté dormido. Mientras el agua gesta un vaporcillo, se entretiene pelando yucas y desechando las que se han endurecido.
Hace rato que amaneció pero el sol no llega directamente a la parte alta de la cresta. Bernardo mira cerca las nubes resplandecientes que suben poco a poco al ser tocadas por el calor. El sabe que se quedan flotando en el lomo de la montaña, esperando el enfriamiento de la tarde para bajar de nuevo, y cubrir los grandes árboles, esos cuyos nombres ignora y aquellos que se llaman aguacate, mango, mamón, guama y palopan.
A su hora la neblina desciende tanto que roza los cafetos. Arañas, reptiles, escarabajos, alacranes, ratones, conejos y todos los bichos retroceden a sus nidos, y a sus cuevas ante el siseo de las hojas apartándose: algo sutil pero avasallante atraviesa en ese momento la espesura. Han pasado unos cuantos días desde que su papá decidió curarse la fiebre metiéndose en un hoyo que abrió cerca de los camburales, al fondo de la casa. A veces lo escucha carraspear y sabe que quiere algo, que está llamándolo a su manera. Cual pichón de azor predominaen ese nido elevado de la sierra, construido con naranjales, camburales, malojillos, un algarrobo, un pardillo, un pilón: el entorno hogareño. Empinándose un poco puede columbrar toda la falda de la montaña pero más allá sus ojos ni siquiera adivinan el camino hacia el valle, eso que su padre ha acuñado insistentemente como la región donde se juntan torrentes de males y pecados y el diablo corre vuelto perro, sube a las cercas como enanito negro o toma la forma de una mujer que crece, crece, se agiganta y arroja lenguas de candela por el sapo. Ese inimaginable territorio debe ser un horno en estos días ("¿cómo puede lanzar candela un sapo?", se preguntó) y según lo narrado por su taita, durante el verano todo está repleto de chicharras atormentadas que se revientan, que se orinan de calor.
Su padre estuvo hablando de eso, de lo terrible que es la resolana allá abajo; de las corocoras y los chirribilines que se pegan a los troncos y las ramas y que sólo cesan en su canto quejoso cuando llega la Semana Santa y Cristo vive otra vez el martirio de quedarse solo.
Parloteaba y se quejaba metido en el chinchorro hasta que decidió hacer un hoyo en el patio mientras tenía fuerzas para manejar un pico y una chicura. El lo ayudó. Su padre le dijo "tráime berro todos los días" y esa era su única alimentación.
El le llevó una cobija gruesa pero su padre le dijo que no: "la tierra es caliente por dentro igual que nosotros".
Nunca habían conversado tanto ni llegaron a conocerse tan bondadosamente como ahora que su padre vivía acostado en aquel hueco.
Hacía diligentemente todo lo que le pedía. Antes de que la enfermedad se le desatara pasaba días completos sin decir esta boca es mía o se perdía en la tupida montaña donde se manifiestan pájaros desconocidos, aguas subterráneas, gruñidos irreconocibles, goteos que son como latigazos en el dorso invisible del silencio selvático.
Mientras tanto él jugaba escondido en la copa de un árbol después de comprobar que las caraotas o los tapiramos se habían ablandado en la olla.
Cuando cosechaban caraotas, frijoles o maíz, hablaban bastante; de los gorgojos, de los remolinos del diablo, de las sopas de corroncho, de la culebrilla, de los gavilanes cazando pollitos.
Su padre estallaba en anécdotas y cuentos pero en la temporada de siembra era muy callado. Bernardo lo entendía perfectamente porque es un momento muy feliz el de recoger lo que se ha sembrado.
Alguna vez lograba matar un venado y lo llamaba eufórico para que lo ayudase a destasar. Una tarde le acarició la cabeza y le habló de su madre y le mostró donde la había enterrado.
Nunca pensó que formara parte del camino: estaba allí bajo un montón de piedras y una crucecita. "Es que la conocí parada en la orilla de un atajo. Yo me escapaba de la recluta y de las revoluciones y ella cocinaba en una hacienda. Me la traje para acá y cuando tú tenías como un año de nacido le dio la vomitadera y se murió sin remedio. Le gustaba mirar el paisaje desde esa curva". Esa vez él le preguntó donde vivía la familia de su madre y su padre se quedó tieso, se agachó y comenzó a rayar la tierra, a estropearle el camino a unas hormigas, a tumbarle la puntica al hormiguero. Un rato después le dijo "pues mira, la verdad es que ella también quería saber si tenía familia en algún lado. Creció huérfana, cocinando para los peones de una hacienda donde le pegaban mucho, tú sabes, con un látigo mandador. Cuando nos juntamos ella tenía quince años y yo veinte pero se secaba con la tristeza. Tal cual una mata sin agua. Se orinaba parada. Como una yegua. Le gustaba orinar parada en el filo del barranco".
Jamás le había vuelto a hablar de su madre hasta el presente, cuando atraviesa un período de aburrimiento. Tiene la firme creencia de que si se queda metido en ese hoyo comiendo berro se va a curar. A cada rato le ordena pero con un ruego, una melancolía, una congoja amorosa: "busca la caja" y los dos se dedican a escudriñar y a ver la fe de bautismo de él, las trenzas cortadas a la madre muerta, aquellas crinejas que ya no sirven, que no le son cómodas a nadie.
Luego sacan el vestido, tieso de tanto almidón petrificado, el que se puso para ir a una procesión o que tenía preparado para pagar una promesa en Semana Santa, y le dan vueltas meticulosas al escapulario lleno de piedrecitas o de semillas, tan similar a una almohada diminuta, con un corazón bordado en hilo rojo y una serie de puñales atravesándolo.
El iba al río y buscaba en las orillas todo el berro fresco que podía. Lo lavaba y se lo llevaba a su padre, agarrado y asumido como frondoso ramillete.
Bernardo enmudecía viéndolo comer aquel monte cual animal amedrentado que cabecea nervioso intuyendo la presencia del cazador. Era un miedo que le impresionaba porque no veía tigres ni sayonas cerca de la casa. Su padre ahora era un hombre amarillo y enteco cuyo rostro se había empequeñecido. El le insinuó que el berro no lo estaba curando y el hombre lo regañó desde su posición, creyéndose raíz.
Un día, nunca sabrá si era lunes o martes, porque jamás habían controlado el paso nominal del tiempo, llevó el berro y su padre tenía una plasta de vómito en el pecho. Lo limpió y el hombre dijo que no quería más berro, que le hiciera un café. Fue corriendo a cumplir y por eso sacó las yucas, porque creyó que su padre iba a comentar "tengo el hambre hereje". Cuando usaba esa palabra, "hereje", quería significar que podía comerse cualquier cantidad de comida que le sirvieran.
Le llevó una totuma de café caliente y oloroso y otra con trozos de yuca sancochada y salada. La cara huesuda y descompuesta, que estaba hundida en el hoyo, le sonrió. A Bernardo le parecieron más oscuros los dientes de su padre y más rotos.
Lo ayudó a beber poniéndole la mano debajo del mentón, una mano chiquitica y callosa. Su padre se la tocó. Experimentó un odio intenso, ¿lo picó una hormiga en ese instante? Sí. No: fue una avispa.
—¿Sabes cuántos años tienes, Bernardo? —le preguntó, apartando la totuma del café.
Bernardo lo miró sin saber la respuesta.
—Tienes diez años. Y te llamas así como dice el papel que está en la caja. Ahí dice la Iglesia Católica que te llamas Bernardo de la Santísima Trinidad, y que tus apellidos son Carabaño Macunaima. Bernardo de la Santísima Trinidad Carabaño Macunaima.
Bebió el café con agobiante placer. Se quedó un rato viendo las altas ramas del algarrobo y el juego acordado entre el viento, el sol y las hojas de los camburales.
—Falta poco para que me muera, Bernardo, y te voy a detallar lo que vas a hacer. Lo primero es saber si estoy muerto. Me tocas aquí (agarró su mano cortita y se la puso en el cuello) si esta vena no salta más es que me fui. ¿Entendiste? (Bernardo asintió y comprobó la palpitación). Por si acaso buscas el espejo y lo pones debajo de mi nariz y si no se moja es que se fue el espíritu. También me puedes tocar en el corazón.
Su padre le preguntó y le repreguntó si entendía y él dijo que sí. Le explicó que cuando supiese que estaba muerto debía echarle encima la tierra que veía amontonada afuera, la que habían sacado para hacer el hoyo.
—Me la echas pasito, con cuidado, ¿encontraste la pala? Riegas la tierra, hasta que me arrope y después clavas encima una cruz.
Acuérdate de la comida y el agua. Sales al camino y pasas por donde está tu madre. Le cuentas que me morí y que no pudiste enterrarme con ella. Después te vas hacia el valle. Tienes que aprender a vivir con esa gente. Y no te olvides, Bernardo: el perdón, hay que perdonar. Eso es lo más difícil que hay.
Bernardo se puso a llorar y su padre le dijo que se fuera a llorar adonde no lo viera. Después de un rato regresó.
Su padre tenía las mejillas sucias y los ojos cerrados.
Desde que pudo hablar Bernardo le dijo taita a su padre, porque éste llamaba "taita" a un padre que tuvo una vez y que a cada rato estaba mencionando. "Mi taita me lo enseñó y así te lo revelo yo", decía perennemente.
—Taita, ¿se murió? —pregunta Bernardo.
—No. Me duele el pecho —responde su padre.
Pasa el tiempo y Bernardo no aparta los ojos de aquella cara. A veces le quita las hormigas de la frente. Está atardeciendo. El sol cae en medio de cerros distantes.
—Métete en la casa y prende las lámparas. Yo te aviso cualquier novedad —dice el hombre.
Bernardo pide "bendígame" y se va a la casa. Es de barro. Con tejado de paja seca. Bernardo le agrega leña al fogón y calienta café.
Busca las alpargatas de su papá, una camisa y unos pantalones limpios.
Piensa en el cuchillo, y lo toma para compartir las crinejas de su madre. Su padre quiere la mitad de ese pelo. Siente pena al cortar las mechas amarillentas.
Se dirige al hoyo y le dice a su padre:
—Le traje ropa limpia. Y unos cabellos.
Deja todo suavemente encima del pecho huesudo del hombre cuya vestimenta se ha deshilachado.
No está acostumbrado a comer solo en aquel rancho de barro y paja: eso sí que era algo que hacían juntos todo el tiempo. Su padre disfrutaba comiendo con él, llegando inclusive a establecerse una especie de competencia de mordiscos y de morisquetas, sobre todo en la época del maíz jojoto en que asaban tantas mazorcas.
Le caían a dientazos a los granos y se reían ruidosamente cuando alguno terminaba primero que el otro.
Bernardo come ahora lentamente la yuca sancochada y toma traguitos de café aguarapado.
Después se pone al lado de la lámpara de carburo a ver lo que hay en la caja. Le parece mágico que un papel diga quien es él.
Acaricia las crinejas de su madre y toma el escapulario. Se lo pone en el cuello y siente que la sayona no va a poder hacer nada en su contra de ahora en adelante. Se asombra de que haya tanta claridad en el patio y al asomarse nota que la luna está ahí mismo.
Le atraen las manchas de la luna y no entiende porqué él puede detallarlas directamente sin que ocurra nada y en cambio las mujeres embarazadas que lo hacen tienen niños manchados de rojo. Debe ser por los eclipses de luna: su padre le ha explicado todo eso pero se le confunden las cosas. "Un día verás alguna persona manchada de luna. No te vayas a burlar o a sorprender por eso. Deja que pase y se vaya tranquilamente" le advirtió.
La luna se monta encima de los cedros y Bernardo ve que los araguatos hablan con ella medio dormidos. Siente curiosidad por saber qué le dicen o le preguntan los monos a la luna y entre la posibilidad de ir al patio a consultar eso con su padre o interrogar directamente a los araguatos se queda dormido.
Hubo un momento nocturno en que Bernardo creyó que se levantaba a orinar y que veía a su padre fuera del hoyo poniéndose la ropa. Le pareció que la luna lo iluminaba muy especial y deferentemente. Cuando volvió a tener un pensamiento más o menos claro, estaba amaneciendo y abría los ojos. Se paró del catre, buscó agua en la tinaja, hizo gárgaras muy ruidosas y luego sopló las brasas del fogón para animarlas. Inmediatamente montó el agua con papelón para hacer café. El sol, como siempre, no se veía, pero su luz trabajaba deslastrando de oscuridades la sierra. Bernardo fue hasta el patio. Su padre se había vestido con la ropa limpia y tenía el puñado de cabellos en una mano.
—Taita ¿quiere café? —preguntó. Hacía frío. Mostra ba la cara húmeda de rocío mañanero. Cogió la camisa sucia que colgaba de un naranjo al lado del hoyo y secó el rostro del hombre.
Se agachó más y con las dos manos movió a su padre haciendo fuerza encima del pecho pero no se despertó.
—Taita ¿está muerto?
Bernardo hundió los dedos pequeños y entierrados en el cuello de su padre y no sintió ningún movimiento. Se tocó el suyo: palpitaba. Palpitaba.
Volvió a tocar a su padre y la carne estaba fría y dura. Como la pechuga de una palomita muerta. Corrió a la casa y buscó el trozo de espejo que su taita usaba para afeitarse. Se lo colocó en la nariz y el rocío lo mojó.
—Está dormido. Voy a buscar guarapo.
Se fue hasta el fogón y coló bastante café claro. Llenó una totuma. Trató de hacer beber café a su padre pero éste no tenía ningunas ganas. Le pareció tan raro, que acudió de nuevo al trozo de espejo.
Esta vez no hubo gotas para mojar la superficie. Bernardo se puso el espejo en su nariz cortica y vio que se empañaba. Entendió el proceso.
Se bebió todo el café mientras miraba la cara de su padre. Se había convertido en una especie de palo seco, de pequeña insinuación de calavera. El cabello igual de alborotado y sin brillo. La boca un poco abierta y los dientecitos manchados de tabaco, guardianes de una cueva renegrida, en cuyo fondo se notaba un fragmento de lengua amoratada.
Bernardo entró a la casa, arregló lo que se iba a llevar metiendo todo en un saco de mecatillo y una bolsa de tela, sin olvidarse del papelón para el camino. Después regresó hasta el patio y comenzó a echar la tierra en el hoyo. Primero en los pies, por si acaso su padre decidiese despertar. Luego cubrió el resto del cuerpo, dejando la cara para el final.
Esperó bastante con la esperanza de que su padre abriera los ojos y preguntara "¿dormiste bien?", pero al mediodía ya no soportaba aquel hedor y no se daba abasto para espantar insectos. Llegaban moscas grandes y verdosas de todas partes, de lugares remotos. Hormiguitas casi invisibles se subían a la gelatina rosada que supuraba la boca del muerto.
—Lo voy a tapar, taita —fue todo lo que se le ocurrió decir. Acto seguido comenzó a echarle tierra al rostro, cada vez con más furia porque quería matar las moscas que llegaban zumbando.
Emparejó la tierra y sembró la crucecita que hizo con una vara de pardillo. Buscó unas piedras y construyó un montón como había visto en el camino. Antes de eso ¿no había cortado una auyama? ¿se apareció otro encanto? Una incertidumbre le obligó a andar y desandar el conuco. Un olvido profundo lo dejó sin brújula varias horas.
Ahora se siente sin ganas de ir al valle. No le teme a la soledad. Al fin y al cabo él está acostumbrado a escuchar los sonidos de los animales y a conversar con ellos, pero su padre le pidió que se fuera a vivir con la gente, y tenía que aprender a leer. Después podía regresar porque estas eran su tierra y su casa. "Eso dice muy claramente en los papeles que tienes en la caja".
Aprender a leer. He ahí el misterio por resolver.
Es algo tan incomprensible y enigmático que le motiva mucho. Le hace sentir deseos de bajar al diabólico territorio. Pero ¿qué había en el valle? ¿Cómo podía vivir esa gente si no sembraban como ellos lo hacían en la montaña?, no podía imaginarse una vida diferente, pero le llamaba la atención aquello de leer porque nada es más asombroso que recibir ideas y conocimientos a través de rayas y figuras irreconocibles. Nada. El sabe hacia dónde va el ciempiés, por qué los monos se ríen y cómo sacar agua de los árboles, pero dialogar con manchitas le parece brujería. Ahora recuerda que su padre le transmitió los secretos de un hechizo.
Dibuja cruces de ceniza en el piso de la casa y después por todo el patio, para que nada ni nadie se apropie de su hogar. Enjalmado de mochilas baja hasta el camino, una cicatriz trazada al borde del barranco más profundo que ha visto en su vida. Pasa al lado del montoncito de piedras de su madre y quiere decirle lo que su padre le encargó que le dijera pero se le ha olvidado todo y no desea volver la cara: tiene la sensación de que ella está mirándolo con irremediable tristeza y nada le causa más pavor que la posibilidad de conocerla en este ambiguo minuto. Desea llevarse la creencia de que una mujer tenue e invisible sigue su partida amorosamente, sin interrumpirlo. "Chivo que se devuelve se esnuca" piensa con la voz de su padre y es un sonido odioso, mortificante, que le multiplica erizos en el cogote. No: no va a mirar hacia atrás, no necesita correr ese riesgo, no le hace ninguna falta voltearse y descubrir que sólo hay un paisaje a sus espaldas diciéndole adiós en forma de cochino negro. De todas maneras se detiene y comienza a girar la cabeza.