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La canción del ciempiés (capítulo I)

El cartero detiene la bicicleta frenando la rueda de atrás con el pie izquierdo. La suela desgastada del zapato echa humo. Termina de pararse cuando afinca el zapatón en la acera.

La casa de El Vedado está insertada en otra dimensión y por eso ni siquiera puede captar los detalles y se alegra, sin demostrarlo, cuando se abre la puerta y aparece una muchacha de esta época a recoger la carta. Respira aliviado hasta el punto de que retorna sudoroso al cotidiano calor y se atreve a mirar llanamente a la sonriente moradora, antes de subir a su bicicleta y pedalear como si fuera una filmación en blanco y negro que se rompe contra el sol y la reverberación del mar.

Las casas de la gente acomodada, que se construyeron desde comienzos de siglo hasta los años cincuenta, eran espaciosas, cómodas, marcadas con detalles arcaicos suficientes para conformar una memoria histórica de la ornamentación. Al mismo tiempo, esas edificaciones fueron cuna de atrevidas imperfecciones en algunas paredes, deslices geométricos que acogían el sueño del futuro, las formas de la nevera y el televisor, de la lavadora y la cocina empotrada.

Eran casas tan altas que se podía saltar en las camas sin temor a pegar la cabeza del techo y tan amplias que la vieja nana caminaba varios kilómetros al día yendo del recibo al comedor, del comedor a la cocina, de la cocina al lavandero y del lavandero al patio porque su momento de descanso era ese, cuando quedaba oculta en el tendedero, rodeada de sábanas blancas.

Todavía quedan en pie muchas residencias alucinadas por Grecia, Egipto, Mesopotamia, la era de las tinieblas, y por el mediterráneo, el Renacimiento, los símbolos y la metafísica, por los astros y las religiones. Muchos eran diseñadores románticos, agnósticos, kantianos, mozartianos, dialécticos,materialistas, espiritistas, socialdemócratas, nacionalsocialistas, tradicionalistas, barrocos, kandinskyanos, pérsicos, copistas, miméticos, modernos y soñadores que regaron de datails chinois, art decó, códigos eclécticos, añoranzas neoclásicas, y balcones socialmente inútiles el continente.

Las residencias añejas que se conservan en Latinoamérica, generan cierta envidia al ciudadano de hoy, encajonado en apartamentos que aporrean los codos, pero de ahí no pasa la cosa, porque ese tipo de viviendas se ha convertido en una carga por el mantenimiento. Además, su espectro de ilusiones doctor, doctora, abogado, ingeniero, yolandita, márquez, mitchell, smith, olarte, ganadero, impresor, profesor, tendero, beatriz, niña carmen, villa celeste, la plañidera, ha cedido plaza a la bastardía de los talleres mecánicos, lavandería la blancura, quincalla y perfumería, sede del partido, sindicato de empleados del plástico, aunque recuperan un poco del amor perdido cuando se llaman kinder los ositos o pre—escolar primavera y los niños gritan a sus anchas como si la señorita de la casa hubiese parido cien veces aunque parecía tan paliducha y el novio platónico había muerto en una de esas clandestinidades traicioneras sin saber que lo amaban.

En La Habana es donde quedan más casas de tales características pero no las destruyen adrede convirtiéndolas en sitios para vender mercancías o alimentos. Al menos en El Vedado no es así: allá todavía se usan para que la gente viva, a pesar de que se han ido tantos cubanos para Miami y otros ámbitos. Debe haber unos tres millones de cubanos viviendo en Miami y sin embargo las casas de La Habana suenan repletas, lo que significa que si se hubiesen quedado no cabría un alfiler y las colas para ir al baño serían de una fetidez irredenta.

Esas casas, que repetían el pedigrí paisajístico y arquitectónico de Europa, eran habitáculos hechos especialmente para blancos; pensados y rebuscados para las familias de piel blanca cuyos descendientes en un alto porcentaje armaron un éxodo, al apenas darse cuenta de que la bandera roja con el martillo y la hoz que proliferaba por todas partes no era la propaganda de una nueva marca de fósforos.

El resto de blancos que se quedó en la isla lo hizo para gobernar o para disentir, y las hermosas casas se fueron marchitando sin remozamiento, por falta de materiales de construcción y por escasez de fanatismo hacia el adorno enrrolladito, la ramita descolgándose, la sirena caderúa, el ángel flotando expectante, las conchas de mar elaboradas con yeso, el discóbolo con su pene chiquitico, el pez de boca desaguadora.

La casa de El Vedado tiene una torre del lado izquierdo y otra del lado derecho y al centro una cúpula. Da la impresión de que el primer impulso del constructor fue levantar el templo de una secta rosacruz disidente, adoradora del ajedrez pero se arrepintió. Lo de la cúpula permanece cual gesto de contrición ante la soberbia de las torres, que insinuaban un castillo y el sentimiento de superioridad de alguien creyéndose culito de oro, por encima de los demás.

El frente muestra cuatro columnas cortas con capiteles de un corintio devaluado. En conjunto la casa es una torta de matrimonio, un pastel blanco lleno de guirnaldas de azúcar, de flores de lis y otros guilindajos; un pastel abandonado en la mesa que cagaron las palomas, las gaviotas y los pájaros que pasaron durante décadas sobrevolando el lugar de la fiesta. Un pastel ennegrecido por el polvo que sepultó bajo la mugre acomplejada las escaleras de mármol que conducen al portón de madera labrada con detalles neozelandeses. Adentro, el vestíbulo se luce con cuatro arcos espaciadores.

Aún conserva la placa con el número 21 de El Vedado, y Rogelio Valdivieso mantiene el interior de esa casa todo lo limpio y reluciente que puede dada su actividad netamente manchadora de pintor y teniendo en cuenta sus 62 años de edad, que le acomplejan porque siempre ha querido ser atractivo para las mujeres; y en las películas los viejos hacen el papel de bandidos o de abuelos y está muy molesto con eso, qué duda cabe. Su vocación de hombre solitario y desordenado se ha visto interrumpida por Vanessa Carnevali, la sobrina política que enviudó a los 25 años de edad y le fue dejada como herencia.

Ni siquiera la conocía hasta que su sobrino se apareció para presentársela y la dejó allí, en El Vedado, porque tenía que cumplir sus deberes con el ejército revolucionario en el embrollo de Angola. Nunca regresó con vida. Cuando le dieron el breve mensaje de que su sobrino había muerto, fue con Vanessa hasta Matanzas a buscar a su hermana y repetirle la mala noticia. Después de todo el ritual del sepelio, creyó que iba a disfrutar a solas el retorno en tren, pero Vanessa corrió y luego caminó a su lado y se quedó con él. La esperaba un trabajo en La Habana, con la revolución, y eso fue suficiente razón para seguir dejándole un cuarto, que quizás alguna vez fue planificado para una muchacha abrumada de virginidades.

Vanessa es guía y traductora del ministerio de cultura y su presencia no es cargante para un artista plástico concentrado en los cambios de la luz habanera: llega tarde a casa y generalmente se aparece con dulces, tabacos o mostrando una que otra interesante revista extranjera.

Rogelio Valdivieso es paisajista y sus cuadros captan algunos dólares para la isla, cuando hay congresos o reuniones de empresarios o profesionales de otras latitudes.

Rogelio tiene una sencilla rutina de trabajo. Se levanta a las seis de la mañana, riega las matas del amontonado jardín y luego hace café. Cuando vivía solo se dedicaba más tiempo a las plantas, pero ahora le ha cogido gusto a tomar el café con Vanessa y conversar menudencias que tienen que ver con gente que llega y sale de Cuba, con chismes de aquí y de allá. Se sientan a beber café y hablan más que un aparato de radio hasta que llega la hora de ocuparse cada quien de lo suyo. Podría ser una relación de suegro y nuera, de tío y sobrina, de rector y alumna, si no fuera por la fresca y juvenil estructura corporal de Vanessa y los sobresaltos libidinosos de Rogelio.

Él, Rogelio Valdivieso, está condenado a sufrir de por vida un mal que atenta contra su madurez intelectual: ama dos símbolos irreconciliables que jamás ha podido sacarse del cuerpo. Uno es el Granma, aquel pequeño barco, que parecía un yate de pescar peces espada, y cuya gloria política transformó su existencia. El otro símbolo es el burdel batistero donde se sumergía apenas cumplidos los dieciocho años de edad. Un ambiente que también moldeó su espíritu con aquellas mujeres amigables, que lo envolvían y lo protegían de todos los dolores humanos.

Después que Vanessa se marcha, Rogelio comienza a girar en torno a la tela, habla solo, da rienda suelta a sus aventazones y suelta pedos que guarda como intimidades que sólo comparte con sus paisajes. Si escucha la llave sonando en la puerta y el ambiente está hediondo, derrama un poco de trementina a toda prisa y se aleja del área como un ladrón. Vanessa, al regresar, lo primero que hace es entrar a la habitación que sirve de taller para calibrar los avances del cuadro.

Rogelio tiene el cabello espeso, como melado castaño, salpicado de canas. Es un hombre flaco, con el esqueleto descuadrado. Al menos esa es la impresión que da al caminar porque el hombro izquierdo parece más alto que el derecho.

De ser un activista político que prefería el ámbito estudiantil para difundir papeles contra la dictadura de Batista, pasó a ser un señor envejecido que acumuló catálogos de exposiciones dentro del marco de la revolución y hasta vivió la sorpresa de que Fidel Castro se apareciera a ver una de sus muestras.

Rogelio trabaja hasta las cuatro de la tarde y a esa hora se prepara para ir a recorrer La Habana vieja y encontrarse con sus amigos en la Barraca Sonera. Las tardes en que Vanessa regresa temprano del trabajo, acuden a ver libros o a tomarse unos rones. La Barraca Sonera es un galpón con mesas suficientes, donde se bebe el mejor ron y se puede conversar durante horas.

Sus amigos, la mayoría hombres y mujeres unidos por la actividad cultural, hablan recurrentemente sobre las posibilidades de buscar espectadores y lectores en el exterior. Llaman a médicos y a entrenadores ¿por qué no nos invitan a nosotros? comentan a cada rato.

Este grupo de amigos actúa como una especie de comité, ya que someten a discusiones muchos de los problemas artísticos o de otra índole que se le presentan. Siendo un comité informal, en ocasiones se torna bastante ácido. Lo conforman Haroldo López, escultor; Olegario Perdomo, médico y poeta; María Hung, poeta; Bruno Cabello, pintor, y Dalmacia Mercado, cineasta. Todos opinan que deberían explotar a Vanessa cual jinetera para sacarle dólares a los turistas. Vanessa siempre responde "con mi coño no van a poder hacer ningún negocio y con los culos de ustedes no se puede planificar ni siquiera una mediana exposición o un buen recital. Así es que mejor pensemos en la búsqueda del éxito con otros talentos".

Rogelio vive en esa casa de El Vedado desde 1959, cuando trabajaba con ahínco en los programas culturales de la revolución y de paso formaba estudiantes para la propaganda y el diseño de vallas y pancartas. En los años ochenta, mermó su actividad política y se dedicó más a la pintura. Así decayeron las comunicaciones que existían entre la casa de El Vedado y una serie de instituciones culturales. Desde 1981 hasta la fecha sólo ha recibido dos cartas de un amigo pintor que vive en Caracas y la carta que ha llegado este día.

Vanessa entra y lo mira sentado a la mesa con una carta extendida y le dice alegremente "!al fin te escribieron! ¿se acordó de ti una vieja novia o algún galerista internacional quiere explotar tus cuadros?". Rogelio dice que no moviendo la cabeza, y levantando el papel en la semipenumbra le explica a Vanessa "es una carta de Miami. Un elemento llamado Gastón Paredes me escribe para avisarme que va a venir a La Habana a reclamar su casa. Jura y perjura que tiene las escrituras de esta casa como si eso fuera un mandato de las Naciones Unidas y yo un irakí cagando en el desierto sin saber que me están fotografiando desde un satélite".

Vanessa deja la cartera en la mesa, toma una silla, se sienta frente a él y comienza a reír a carcajadas. Cuando se calma un poco, explica que eso le suena tan chistoso como Jerry Lewis.

—Primero y principal ¿quién coño va a querer una casa en La Habana pudiendo vivir en Miami? ¿qué se fumó ese cabrón? Y en segundo lugar ¿cómo un gusano comemierda va a poder venir hasta acá y quitarte una casa que es tuya desde hace cuarenta años, chico?

Rogelio le tiende la carta y Vanessa conecta los ojos verdes con la impresión Hewlett Packard y se dedica tenazmente a leerla. El rostro se va enseriando pero todavía no puede creer que el mundo esté cambiando tanto y tan aprisa.

Vanessa lee un párrafo:

"Tengo conmigo los documentos que comprueban que la vivienda denominada Villa Clara, ubicada en el número 21 de El Vedado, concebida y realizada por el arquitecto Alfonso Riobueno, es de mi propiedad y por lo tanto debo hablar con usted para llegar pronto a un acuerdo que no lesione los derechos de ninguno de los dos".

—Pregúntale a ese sujeto si se va a quedar a vivir en La Habana, para que veas cómo le ganas el pleito —comenta y deja la carta tirada cerca de la trementina.



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