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Las emboscadas de la escritura

José Pulido vuelve al lugar que se le ha señalado: la novela.
En esta entrevista, José Pulido (Villa de Cura, 1945) habla acerca de su aterrizaje en la escritura y los laberintos de la ciudad, el erotismo, la violencia y el amor que traza en su obra literaria - por Blanca Elena Pantin

José Pulido es un narrador nato. Cuando uno habla con este escritor y periodista de curtida trayectoria y mil historias, no se sabe bien si lo que dice es cierto o un relato de la más pura ficción. '¿En serio, Pulido?', le pregunta uno inutilmente para terminar seducido por esos cuentos (los 'cuentos de José') que se suceden uno a otro fascinando a quien los escuche, o los lea.

Narrador de una terca vocación outsider, siempre se ha mantenido al margen de las figuraciones oficiales y farándula literaria. Fue en 1987 cuando se dio a conocer como novelista con Pelo blanco (Ed. Planeta). Dos años después fue primer finalista del Premio Miguel Otero Silva de ese sello editorial con Una Mazurquita en La mayor. Con una tercera novela, Los mágicos fue primer finalista del premio Grijalbo, libro que conocerá -después de más de tres años de ese reconocimiento- su primera edición bajo el sello de Monte Avila. Coautor de los libros de poesía Cortejos, Linajes, Invocaciones y Vecindarios junto con Enrique Viloria, Joaquín Marta Sosa y Rafael Arráiz Lucca, Pulido acaba de publicar Vuelve al lugar que se te ha señalado (relatos, Ed. Contraloría General de la República). Actualmente escribe dos novelas y prepara un segundo volumen de entrevistas, proyecto en el que trabaja con su esposa Petruvska Simne quien se ha encargado de hacer el 'rastreo' por los archivos de los periódicos. El primer libro de entrevistas que publicó fue Muro de confesiones, en el que se recogen 22 de sus trabajos, entre estos su célebre entrevista a Julio Cortázar. Lo confieso: tengo momentos de desánimo en la que una mosca recorre el inmenso cuerpo del inmenso escritor latinoamericano.

-Aunque se trata de novelas completamente diferentes, Pelo blanco (1987), Una mazurquita en la mayor (1989) y Los mágicos (1998), pueden leerse como una trilogía en las que el vértice es la violencia. Me gustaría comenzar la entrevista por esa primera novela que exhuma la historia del Coronel Von Dussel.

-Pelo blanco es el grito espontáneo de quien cree haber descubierto una mina que podría ser de oro. Doy inicio, ciertamente, a una narrativa donde la violencia y el erotismo son como las notas fuertes de una sinfonía. La manera de componer esa sinfonía constituyó y constituye la satisfacción más profunda porque en Pelo blanco mostré el oficio con el cual he querido contar historias y relacionarme con un lector que sepa penetrar en la mina y ayudarme a conseguir esos metales. En Pelo blanco juego con el tiempo y me burlo sin ninguna perversión de los prejuicios.
Hablo de cómo una ilusión hizo que todo un pueblo alemán se desviara de su destino común y comenzara a vivir en el trópico como en otro planeta. Esa novela la escribí como una película porque me enamoré de los personajes y traté de visualizarlos pasando frente a mi como en una pantalla.

-Hay otro elemento que unifica las tres obras. Aun para un lector que desconozca su formación como periodista, las tres adquieren por momentos perfiles de grandes reportajes en las que la veracidad de los hechos se funde con la ficción, un poco la tradición de Trumann Capote, Norman Mailer, Hemingway y García Márquez...

-Es cierto. Las tres novelas han sido construidas a partir de hechos reales: La fundación de la Colonia Tovar (Pelo blanco), la revolución inspirada por Sandino (Una mazurquita en la mayor) y la violencia urbana actual (Los mágicos). Son tres hechos que investigué usando las herramientas del comunicador y que luego fui convirtiendo en literatura al incorporar personajes ficticios al lado de las verdaderos, atmósferas inquietantes y subjetividades enfiebradas inyectadas por mi imaginación, que sufre escalofríos de malaria histórica, a Dios gracias. A veces creo que la realidad es algo inatrapable que uno trata de explicar con la ficción. A veces creo que sin la ficción la realidad sólo sería un montón de carne pudriéndose y que el corazón sólo sería víscera.

-Sé que Faulkner lo marcó especialmente. ¿Cómo aterriza en la escritura?

-Fui tan aficionado a la lectura desde niño que cuando vi la primera película de mi vida me asusté mucho porque vi enfrente de mi algo parecido a lo que veía dentro de mi cabeza cuando leía. Leyendo fue como pude reconocer las hazañas prodigiosas de Faulkner, sus personajes tan humanos que podía sentirlos hablando inglés en las traducciones al español y me di cuenta de que él no decía lo que ocurría: hacía que las cosas ocurrieran.
Aterricé en la escritura porque quería conseguir la habilidad suficiente para hacer esos párrafos maravillosos que de vez en cuando descubría en los autores de mayor categoría. Comencé imitando a los grandes, como el aficionado al fútbol imita a Pelé.
Creo que Luz de agosto, El Sonido y la furia y cualquier otra novela de Faulkner son medidas para saber el grado de espiritualidad que tiene el ser.

Si bien se advierten elementos que unifican sus tres primeras novelas publicadas, con Los mágicos, la ciudad se impone como un personaje que también está presente en su libro de relatos Vuelve al lugar que se te ha señalado y en su poesía última. Aunque algunos críticos sostienen que el choque entre lo rural y lo urbano es un tema agotado, usted parece pensar otra cosa...

Definitivamente la ciudad es el lugar donde los sueños y las pesadillas pasean por las calles. El choque de lo rural y lo urbano no es un tema agotado porque eso está allí en la ciudad debatiéndose; ya los teóricos como Canclini han señalado con razón que la ciudad es un cúmulo de culturas híbridas, que allí se funden el último descubrimiento y la ventas de hierbas y amuletos, la computadora y la pelea de gallos, la prostitución y la santería. El boulevard de Sabana Grande exhibe un circo fragmentado. Los Mágicos, (próxima a circular bajo el sello de Monte Ávila) intenta ser precisamente un objeto tocado por esos seres humanos que vienen de lo rural y esos seres humanos que nacen y crecen en la urbe. En esta novela y en los cuentos de Vuelve al lugar que se te ha señalado, siento que la ciudad me fascina como un mecanismo donde nos metemos con ansias de vivir, pero sabiendo que es una trampa ultramoderna y posmoderna que te mata experimentalmente como un ratón, que te castra, que te araña, que te vomita, que te sacude, que te agrede y te ofende, que te maravilla y que es en última instancia, como lo que debe sentir el torero al entrar al ruedo y descubrir que el toro enorme y negro está mirándolo fijamente.

-Para el momento de la escritura de Los mágicos el sicariato —uno de los temas que aborda— era entonces incipiente. ¿Es el escritor una suerte de profeta que anticipa lo que está por ocurrir?

-Creo que el escritor, por lo que tiene de poeta, es un profeta, un adivinador. Si lo que escribimos pudiese publicarse apenas terminado, el mundo tendría más claros sus caminos. Creo que los escritores sabemos lo que va a pasar porque el bien y el mal pelean sin tregua en nuestras almas. Por eso es que la gente a veces se aparta de nosotros como si fuéramos los dueños de la morgue.
En ocasiones no hay adivinación alguna, sino el resultado lógico de enfrentar las situaciones acudiendo a la mayor sinceridad posible. A medida que derrumbas mentiras se ve con mayor nitidez hacia adelante.

-Es curioso, pero el erotismo no es algo frecuente en la literatura venezolana. Salvo excepciones, persiste un extraño pudor que roza el ridículo. ¿A qué atribuye este recato?

-El erotismo es uno de los instrumentos que me suena verdaderamente bien. En mis textos es como un saxofón. Disfruto recreándolo con la misma fruición con que se rememoran los hechos amorosos más profundos. Me imagino que cuando el actor debe fingir dolor tiene que buscar el recuerdo de algún dolor dentro de sí. Igualmente me gusta trabajar el erotismo para averiguar cuánto me enamoré en lejanos mediodías de mi adolescencia, de aquella Marilyn Monroe que estaba acostada y desnuda en un almanaque cuyos meses eran nada, nada, comparados con ella. Creo que el pudor venezolano, aparte de constituir una doble moral de lo más inútil, es una deformación, no resuelta, de alguien que en realidad hace cosas detestables pensando que son las que tienen la aprobación de Dios. El pudor y el recato pueden ser en momentos determinados unos excelentes ejercicios éticos, pero después de que no se vea la desnudez del ser humano como un pecado y que se tenga dominio perfecto del arte de amar y del arte de hacer el amor.

-Como escritor, se mueve en los terrenos de la narrativa (novela y relato), teatro, poesía y periodismo. ¿Con cuál de estos géneros se identifica más?

-Me identifico exageradamente con la novela porque constituye la realidad épica de un sueño tras otro. Me resulta tan difícil escribir una novela y al mismo tiempo es algo tan placentero, que no puedo apartar la idea de seguir haciendo una hasta que ya no tenga la voluntad de pensar en dos frases seguidas. Una novela es como meterse dentro de un laberinto donde te tienden emboscadas el ridículo, la mentira, la soledad, la mediocridad. Sientes que al final, lo que escribas no será otra cosa que un retrato fiel de tu interioridad, de lo que eres capaz de crear.

-Su nombre es generalmente omitido en ensayos y apuntes sobre literatura actual venezolana. A su juicio, ¿qué les molesta a los críticos de su obra?

-Creo que no me han sabido leer y ese es un problema que no me pertenece. El hecho de que nunca me hayan invitado como escritor a los congresos y otras reuniones que organizan en Venezuela, por ejemplo, me ha hecho mucho bien porque me ha fortalecido en el oficio: tengo la certeza de que voy por el camino que debo ir. No sé que pueda molestar a los especialistas de mi obra. Más bien creo que se trata de una omisión lógica porque vivimos en barrios distintos.

El Universal - Domingo 10 de mayo, 1998





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