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Coleópteros de hormigón, por Basílides

Alguien que leyó a José, me señaló, que era un “costumbrista de cultura suburbana”. Califiqué de descabellado su juicio, de escolástico proceder. Replicó, “si tú vivieras en el 2090, ¿qué pensarías?”.

No tuve mayores argumentos. Con los días yéndose de mis manos, decidí analizar dicho acertijo. Estoy de acuerdo, en parte, aunque yo añadiría más... mucho más.

Sus versos trepidan el lamento del hombre consigo mismo, radiografía de humeros, vida que pulula en nuestros nervios, engrudo que nos hace viscosos, hundidos en llanos de cemento, los que se estiran y encogen cual elástico de ropa interior de los años cincuenta.

Prostitutas viejas, ladrones desdentados, bares ajenos al tiempo de existencia, avenida que muerde, rasga y sangra. Aves negras que hurgan en nuestros vientres, baños hediondos (repletos de colillas que a diferencia del Titanic no terminan de hundirse en los mares de orín), pisos desgastados por inquilinos que se fugan en un anochecer de música fácil.

Murciélagos, vírgenes pronto a dejar de serlo, colibríes chupadores de mujeres aleatorias. Mundo viejo, mundo nuevo, se entrecruzan en monumentos derruidos, pícaros desteñidos que se asoman y recuestan sobre los otrora próceres... ahora latón sin bruñir.

Autobuses con damas donde restregamos piel, sin pretender vernos, pero sintiendo- ella el aguijón, uno la abertura de nalgas sedientas - complicidad anónima, chofer que interrumpe el zigzag para cagarse en la madre de uno de tantos, estampida de búfalos amnésicos.

Sin océano pero con Tv, huérfano en el devenir apocalíptico de quien siente huir la estridente confusión. Con paciencia huraña espera encontrar el resentimiento que nunca pudo expresar “presencia sangrada en el esquema de mi ruta”.

Queda todavía el encerrarse en torreones ante tanta desinformación de existencia, resta mirar desde nuestra propia jaula a la hembra cocinando con albahaca, entender los “deltas del alma”.

La nostalgia huye en trompos, ni siquiera nos salva el persignarnos, tampoco la esquina de la espera permanece, solamente “ella” vaporosa y flotadora; ante eso, Pulido pide vivir mil años.

Al final se va la ciudad para volver a engendrarse en retorcidos partos, comidas chinas, ambulantes de vida, mercachifles de algodón, santamarias que enmudecen, no hay tiempo para saber si hay cielo.

Compañía de uno y sin el Uno, jornada tras jornada, cuidándonos de mordidas, comprando condones, bebiendo con panas (viejos, nuevos o desconocidos... ¿quién sabe?), conservando a la hembra de tanto hambre de novedades, toreando meretrices, dando algo – de lo poco- a los de siempre. Anocheciendo sin cúpula de estrellas.

Pulido desarrolla un exquisito y demoledor “talento suburbano”. Leerlo es palpitar en la cotidiana y desértica existencia: contradictoria y actual definición de “urbe o metrópolis” como lo prefieran los sibaritas del idioma.

Al igual que un saxo, languideciendo en un perdido bar sito en la esquina que no espera, su poesía es nervio, es comulgar dentro de la heterodoxia del talento.


Basílides , poeta, economista, ha publicado varias obras, entre las que destacan los poemarios Créeme y Estáticos amagos.

Prólogo del poemario Peregrino de vidriera, Editorial Pavilo, Caracas, 2001.




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