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Crónicas del olvido
Peregrino de vidriera, por Alberto Hernández

I

El poema aparece en la calle. Recorre avenidas y aceras en los ojos de quien lo rescata de los basureros, de los puestos de frutas, de los ojos de un perro, de las rodillas y el ombligo de una muchacha que se baja de un autobús.

Quien anda y desanda las imágenes, José Pulido, sabe que la ciudad es parte de su discurso interior. El poeta –narrador y periodista- sabe también que cada palabra deviene poesía si la coloca en su exacto lugar, si la siente y la mueve ante los ojos y oídos de los lectores.

Enrique Gracia, poeta español que prologa Peregrino de vidriera , afirma que se trata de “un libro escrito con las tripas”, lo que nos hace leerlo con las tripas, porque la ciudad, objeto de la poesía, es visceral: corrompida y limpia, bullera y silenciosa, santa y criminal.

El primer texto, “Avenida Baralt”, identifica un espacio que cada día es más extraño como familiar a los pasos de quien después se hace parte de él: “Este no es mi lugar/ soy una raza extraviada/ cantan en orfeón los pajarracos/ enfranelados de sodoma y gomorra/ en la periferia del volumen”.

II

La ciudad es un intrincado tejido. El mapa de Caracas es una calle común, determinada por la voz de quien la escribe y la describe con los sonidos que la página luego hereda como simulación. El poema también simula, se esconde detrás de los botes de basura, en el olor de las fritangas, en el grito del buhonero, en el brillo del puñal del asesino, en el disparo contra una vidriera donde el rostro del poeta es maldición y espesura.

Esa violencia, arraigada desde el nacimiento de la ciudad, aparece y desaparece de las pupilas de los que naufragan bajo el cielo calamitoso de la gran ciudad. “Dolor de luna cariada/ y ausencia de amor/ en esta música de víboras/ una moral de último momento”. Metáfora pervertida, sujeta a lo que la urbe desdeña y a la vez atrapa entre sus ruidos y agonías.

Pulido narra en el poema, hace poesía de la narración, pero también usa el escalpelo del periodista para detallar en cada síntoma social: “envilece el saludo/ en la avenida Baralt/ un policía/ piensa dos veces algún resquemor/ el hedor a orina/ bruñe el asma/ paso al lado de un cajero electrónico/ y un mujer se inclina/ sobre la pantalla/ tiene nalgas sumisas/ aunque su rostro/ está clavado/ como un hacha/ en la soledad de la carne”.

III

Pese a que el poema lidera la libertad, la ciudad atrapa a quien lleva en sus vísceras palabras, frases, pausas...: “No soy libre/ cada sitio es una cárcel/ siempre ando/ a juro conmigo...” Obligado a transitar con su angustia, el poeta/ transeúnte intenta entender la intimidad de los que no pueden expresarse: a los silenciados, los atrapados por la confusión.

Este trabajo de José Pulido nos habla directamente a los ojos. Es de una sinceridad tan honesta que a veces sentimos no estar ante un libro de poesía, sino ante el mismo autor, quien nos habla sin mediar obstáculo alguno. Leemos al poeta, no el poema: el poeta mismo se hace poema en su yo disgregado. Se multiplica en cada esquina, en cada mirada que recibe de quien lo tropieza o lo huele. El poeta es un territorio ajado: “Este país ha repartido mal/ se lo digo yo/ en esta acera/ sacándole e cuerpo/ a la sayona de la mendicidad...”. No canta el autor desde la calle que reproduce: es el poema convertido en calle. Las imágenes que recibimos se imbrican de tal manera que entramos en el libro y nos quedamos en su interior, en la textura de las palabras, en la pulpa de sus significados.

Humor y amor, rabia y desamor, aromas y hedores revelan la aventura sinestésica de este libro de José Pulido, del que Enrique Gracia dice: “Hasta esa bien amueblada ·gora de la conciencia poética, ha llegado el autor por la liturgia introductoria de los primeros poemas, donde el “yo” predomina hasta que poco a poco el “tú” y otros pronombres se asoman claramente”. Así como los sentidos se imbrican en un tejido de sensaciones, igualmente sucede con el autor, personalidad que se deshace de su yo para repartirlo entre quienes participan en el poema. Plural, discurre: “Nos vemos mañana...”. Luego regresa a una tercera persona alejada de cualquier sospecha: “y Dios sabe que no soy así/ pero los autobuses lo tienen atolondrado...”.

Peregrino de vidriera es una gran mirada, un reflejo en el que se pueden encontrar todos los caminos de la ciudad, pero también los laberintos humanos.

José Pulido escribió este libro para encontrarse con una salida: “A medida que avanzo con los ojos en posición/ de cuchillo/ la ciudad va mostrando sus carnes/ este ensayo de cementerio, este gesto de lo que no conocí”. Para encontrar la certeza de una ciudad nunca se logra conocer enteramente, pese a sus pájaros, pese a su cielo abierto.


Alberto Hernández, Calabozo, octubre de 1952. Poeta. Su obra ha sido reconocida en diversos premios nacionales. En el año 200 recibió el Premio Nacional de Poesía “Juan Beroes” por toda su obra poética. Escribe en diarios y revistas venezolanas y extranjeros. Fundador de la revista Umbra. Miembro del consejo de redacción de la revista Poesía, de la Universidad de Carabobo, del consejo editorial de La Liebre libre. Director del suplemento cultural “Contenido” del diario El Periodiquito de Maracay, donde se desempeña también como secretario de redacción . Ha representado a su país en diferentes eventos literarios internacionales, entre ellos Universidad de San Diego (Estados Unidos), Universidad de Pamplona (Colombia) y Comunidad de Escritores de Cancún, México.
Ha publicado, entre otros libros, Párpado de insolación, Ojos de afuera, Bestias de superficie, Nortes, Intentos y el exilio, El poema de la ciudad.
La editorial Latin American Writers Institute de la Universidad de Nueva York ha publicado el libro de cuentos Virginidades y otros desafíos , la antología de poesía Tierra de la que soy y la versión bilingüe de Nortes . Por su parte, la editorial Presagios, de México, publicó la antología poética En boca ajena . Es autor también de los libros de relatos Fragmentos de la misma memoria y Cortoletraje.

El Periodiquito , estado Aragua. Maracay, 24 de abril de 2004.




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