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A manera de prólogo, por Enrique Gracia Trinidad

Un prólogo siempre supone un riesgo y mucho atrevimiento. Debería estar prohibido ponerlos al frente de un libro; en realidad los prólogos deberían ser epílogos.

Además, el buen lector de poesía suele ningunear estos preámbulos y dirigirse al fondo de la cuestión, a los poemas. Formarse opinión propia, ir al juicio crítico, si se tiene por costumbre, o buscar el personal disfrute, siempre es más auténtico que dejarse guiar por la opinión de otro que, en poesía, no es necesariamente mejor aunque, generosamente, se la suponga autorizada. Si escribir poesía es algo casi inconfesable, opinar de poesía suele ser ya delito inconfesable.

Así que pido perdón por estas palabras aunque debo confesar que me siento afortunado por escribirlas.

Encargado del exordio de este libro, me he visto en la placentera obligación de hacer varias lecturas relajadas y atentas, más de lo que uno hace habitualmente. Eso me ha llevado a profundizar mejor, a disfrutar ampliamente, a sentirme más cómplice de José Pulido —si el lector de poesía no es cómplice, no es nada— a ser con gusto el proel, el hombre de confianza en la proa de su barco, encargado de estas maniobras delanteras, aunque consciente de que el lector avisado puede abandonar la lectura y pasar adelante, al fondo de esta nave llamada "Peregrino de vidrieras" donde su capitán —lease autor— maneja el timón poético con maestría poco común.

Reúne Pulido muchas de las virtudes que suelo perseguir en los poetas: observación del entorno para la posterior recreación personal, lenguaje atrevido pero consciente, un inteligente sentido del humor, que aparece sutilmente en muchos de estos versos, y una gran facilidad para imbricar elementos cotidianos y emoción íntima. Tiene, sobre todo, talante poético —no me digan que es por que esto es un volumen de poesía: conozco muchos libros faltos de ese talante aunque llenos de versos—.

Muestra Pulido una virtud muy especial: la de decir más de lo que dice; la poesía sin esta condición se aleja de sí misma.

Sorprende la facilidad de nuestro poeta para caminar certeramente de lo objetivo a lo íntimo, desde el aspecto a la sustancia, desde las calles al corazón. Sé que esto del corazón suele gustar aunque, si hemos de ponernos viscerales, me parece más un libro escrito con las tripas, con el ansia; más sensitivo que etéreo, en fin, más garra que guante.

Como todo libro que se precie de próximo a lo urbano inicia en la extrañeza, "este no es mi lugar / soy una raza extraviada..." Al autor no le queda otra que mantener el tipo ante cuanto le rodea; lo hace por obligación, a la desperada, "a juro" dice él. Cómo no va a hacerlo así, si sabe y dice que incluso allá por la Avenida Urdaneta hasta a Dios le tienen atolondrado los autobuses. Terminará sus desconcertados avatares en un último canto, "Avenida final", pleno de angustia y decisión, aún extraño pero ya sabedor de que ese paso del hombre por la ciudad, por la vida, es un rito iniciático y voluntarioso; no entusiasta pero sí consciente, testimonial y fedatario. Supongo que estarán de acuerdo conmigo en que el poeta, además de otras muchas cosas, debe ser consciente testigo de su tiempo y su mundo, y dar fe de ambos.

Ya lo sé, ya lo sé... también debe testimoniar sus sentimientos y emociones. Pero es que eso se da casi por sobrentendido y a veces tanto, que mejor no insistir.

Casi nunca leo un libro de poesía de principio a fin, por orden, pero este sí debe leerse de tal modo porque es un libro en secuencia, paulatino, creciente.

"Peregrino de vidrieras" se convierte poco a poco en un libro de amor, aunque no terminará por serlo netamente. ¿Será que está escrito con amor a pesar de lo dicho sobre las vísceras? Estoy seguro, escrito con un amor de piel, no de músculo cardíaco, con un amor de lenguaje, de experiencia, un poco a la desesperada, con un amor de ojos abiertos y no puestos en blanco.

En este libro, las grandes avenidas de Caracas desembocan lentas, bulliciosas, amadas y denostadas en una gran plaza que no está en los mapas, la de la conciencia de José Pulido, mucho más totémica que El Ávila, donde el poeta celebra su ceremonia de trasformación de la realidad.

Hasta esa bien amueblada ágora de la conciencia poética, ha llegado el autor por la liturgia introductoria de los primeros poemas, donde el "yo" predomina hasta que poco a poco el "tú" y otros pronombres se asoman claramente.


Ese viaje también es técnico, tal vez inconscientemente técnico, lo que no es menoscabo sino constatación de que el poeta es un instrumento, a veces ciego, de la poesía —el embudo por el que sopla el viento poético, que dijo León Felipe —. Técnico he dicho, no tecnicista. Fíjense en que los versos son al principio más cortos, como si el poeta, hombre de indudable experiencia literaria —novelista premiado y periodista reconocido— fuese al ritmo comedido del corredor de fondo que sabe que al final de la carrera sus pasos deberán ser mayores. Y así es, hacia los últimos poemas de este libro, el verso se vuelve más elástico, mas discursivo, mucho más largo, sin perder por ello las constantes del conjunto: el asombro, la duda, la fatiga, ese personalismo de buen observador que alcanza lo universal.

Este "desmelenamento" final quizás no sea producto intencionado a la hora de escribir ¿quién sabe cuándo está gestado cada poema? sino de una consciente o inconsciente manipulación a la hora de dar cuerpo final al libro.

Cuerpo del libro he dicho, insisto en ello. Este es un poemario de conjunto, coherente en ideas y lenguaje. Existen famosos libros que son colecciones de poemas aislados, así que la unidad no es necesaria, pero cuando se pretende hay que trabajarla y no siempre es fácil; las más de las veces viene forzada. No es el caso, Pulido teje un tapiz sin fisuras donde él mismo; su Caracas, simbólica y real; sus habitantes, más del poema que de las calles; sus voces; sus edificios; sus vidrieras; son un conjunto que apetece recorrer de un trago.


Recomiendo, ya lo he dicho, lectura pausada y completa, recreándose en ese lenguaje actual, mestizo a veces de periodismo y poéticamente mágico aunque sin recovecos. Podrá dificultar un tanto la lectura esa ausencia de puntuación y el ritmo libre, ajeno a estructuras reconocibles más o menos convencionales, pero eso ocurre sólo hasta que el lector se afianza en el aliento del poeta y empieza a respirar con él. La lectura entonces es sumamente satisfactoria.


Tan convencido estoy de haber encontrado en "Peregrino de Vidrieras" un libro de auténtica poesía, que cuando lo vuelva a leer, dentro de un tiempo, seguirá siendo sabroso e incluso nuevo. Ese es un indicador que sólo tiene la poesía —la buena— muy por encima de la prosa y más en el terreno de la música, la pintura y otras artes... se vuelve siempre a ellas y siempre vuelven a emocionarnos.

El poeta español José Hierro, me comentaba hace poco que sólo hay que escribir poesía cuando se tiene algo que decir y cuando se sabe cómo decirlo; repito, más o menos, sus palabras, en las que ya creía antes de escucharlas, para confesarles a ustedes que este libro que tienen en sus manos era necesario, había que escribirlo; y José Pulido supo sin duda cómo hacerlo.

Ojalá quien recorra estos versos tenga también su razón de leer y sepa hacerlo como es preciso: convirtiéndose en cómplice del poeta, terminando, en su propia necesidad y su experiencia, las que el poeta tuvo para componerlo.


Amigo lector, si has llegado hasta aquí, gracias por tu generosidad. Pasa ahora a los poemas y quédate con ellos para siempre. Los buenos poemas —este libro está repleto— jamás nos abandonan. Si leíste antes los poemas y ahora te paseas por el prólogo, casi me avergüenza decirte nada: seguro estoy de que tras los versos de José Pulido estas palabras mías no serán más que una mínima carga sobre tu opinión de lector que es la que cuenta. Ojalá coincidamos.
En cualquier caso, olvida como es debido a quien, hasta ahora, ha sido el fervoroso escudero español de un notable poeta venezolano.

Prólogo del poemario Peregrino de vidriera, Editorial Pavilo, Caracas, 2001


Enrique Gracia Trinidad, poeta español. Entre sus libros destacan: Encuentros, Accésit del Premio Adonais, 1972; Canto del último profeta , Madrid 1978. Crónicas del Laberinto, Premio Feria del Libro de Madrid, 1991; A quemarropa, 1993; Restos de Almanaque, Premio Blas de Otero, 1993. Historias para tiempos raros, Premio Bahía, 1994. La pintura de Xu-Zonghui, 1995, blingüe chino-castellano; Siempre tiempo, Premio Juan Alcaide, 1996. Todo es papel, Accésit premio Ciudad de Torrevieja, 2002; Contrafábula, poesía reunida 1973-2004. Madrid 2004; Sin noticias de Gato de Ursaria, Premio Emilio Alarcos, 2004.




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