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La magia de José Pulido, por Edilio Peña

José Pulido construye la historia de "Los mágicos", su novela, con una fluidez narrativa donde la poesía es puente por donde el corazón del drama adquiere un valor superior a la contingencia anecdótica; de esa manera, la historia narrada pasa a ser historia plural, de todos, profunda y densa. Fluyendo en una composición donde los sentimientos y las atmósferas que activan las tensiones del drama mismo, nos tocan y conmueven como lectores a través de la épica de sus singulares personajes, dibujados con tino en las páginas mágicas de esta ficción novelada. El dominio poético de José Pulido le permite utilizar la metáfora no para oscurecer la historia en un universo críptico como le es propio a la poesía como género; más bien, para potenciarla hacia un estadio de la composición donde el lector, habrá de encontrarse e identificarse con imágenes asociativas; como testigos o protagonista de ellas en el sueño o en la cercana realidad. Desde la penetración descriptiva del paisaje, y el desnudar de la interioridad emocional de sus personajes, el novelista compone de manera plástica y tonal, imágenes literarias que dan cuerpo estructural a "Los mágicos"; y con la talladura de cada una de esas imágenes, el universo del paisaje pasa a ser personaje nutriente hasta incidir sobre la conducta de los otros, esa metáfora humana y animal del diario vivir. Su presencia orgánica en el primer capítulo, es determinante.

El cochino, grande y negro, está parado en las patas traseras, erguido como un hombre. Un arco iris invisible flota en las gotas que esparce el viento y el cerdo reza, murmura, implora, ¿ quién puede saber lo que hace?, pero en todo caso parece fascinado ante la caída de agua que forma un pozo, se represa y se desprende en decenas de cascadas acezantes que al mismo tiempo son lenguas colgando entre colmillos de piedra.

El paisaje no sólo es pulsor de energía para los otros actuantes de la narración, también se constituye en existencia coadyuvante que se engendra asimismo en una circularidad incesante, prodiga de bemoles de una conciencia no circunscrita a la razón, hasta derivar en la representación de una omnisciencia todopoderosa y divina. El paisaje en esta novela pareciera asombrarse de su propia vida expansiva, cristalina y misteriosa. Un ser sensual desprovisto de la toponimia humana, expresión de una conciencia superior actuando por voluntad propia. Una mente cósmica y universal que observa la mente anidada en el ser. Sin embargo, el mundo de la corporeidad personal y animal, no es capaz de cruzar los umbrales de esa otra dimensión encarnada en el paisaje. Apenas, lo atisba.

Los rumores de río naciendo se pierden en una maraña de bejucos, montaña abajo, y en un instante irrepetible, agua y luz engendran una culebra, que desaparece tragada por al vegetación.

Bernardo se asusta pero sabe que todo aquello es un espíritu: no debe hablar, gritar, y mucho menos salir corriendo. El cochino sufre una respiración gruesa, se está muriendo, se ahoga, observa algo que nadie más puede ver.

La imposibilidad y el desarraigo es quizá el tema fundamental de la trama de esta novela en el contexto espacial y geográfico; pero a su vez, de la conciencia y el espíritu del vegetal y el humano escindido. El desarraigo rural y urbano, junto con el existencial que encabeza su personaje protagónico: Bernardo.

En esta novela, el paisaje y la conciencia en flor de Bernardo, se funden en un entramado donde progresivamente se exponen ausencias y profundos dolores, poniendo a pendular la mente de un extremo a otro. El pasado ha sido tan punzante y negro para el infante, que una vez alcanzada la estatura del hombre, no halla cabida ni sosiego en la nostalgia; porque el regreso a ese paraíso perdido es como volver al infierno. Cada vez que la memoria se activa en este prisionero del ultraje, es para encontrarse con la desdicha, la ira y la sangre derramada a machetazos; esa viscosidad ciega del vértigo. Desgraciadamente, el personaje habrá de volver a vivir y repetir en el presente, como condena inmerecida, las pulsiones del ayer. Sólo los ojos del paisaje espían su tránsito como la compañía de una supra—conciencia donde pareciera estar escondido Dios. Un Dios que nunca aparece. Bernardo vivirá para reproducir lo acontecido en una elipse fatal, recurrente; sin saberlo, sin presentirlo. En una ahogada respiración. Aunque con nuevas máscaras, en nuevas relaciones y nuevas anécdotas.

La figura paterna es la herida mayor en la carne de sus emociones, donde el cariño y el abuso corporal de éste para con él, significó el detonante para que su conciencia estallara un día. ¿Realmente esa figura tenebrosa fue su padre o su padrastro? El abandono de su alma, en los momentos aciagos de su primera infancia, tampoco pudo hallar a su madre para que le diera respuesta a su pregunta capital con la cual hurgó la espesa vegetación del paisaje de la sierra. Esa entidad que no puede hablar y expresarse como los humanos, porque los separa el pasillo infranqueable de las dimensiones distintas. Monte, culebra, árbol, metafísica. Si su madre hubiera estado y el paisaje le hubiera dado respuesta a sus interrogantes, seguro la historia de este personaje fuera otra; y los caminos de su vida, desandarán hacia otras percepciones y sentimientos más felices. A lo mejor, el niño se hubiera encantado con el arcoiris y el sol de los venados. Más tarde, a través de una de sus amigas, Virginia, la médium, se encontrará con el espíritu de su madre; pero en un acto nuevamente incestuoso que lo estremece.

Cuando Bernardo destroza el cráneo de aquel hombre, medio enterrado en la tierra para curarse del acoso de la fiebre (¿del pecado o la culpa?), lo hace con tal furia que en ese acto criminal cruza el umbral de la inocencia hacia una adultez inesperada. Con su sicario y su mano derecha de hoy, el pasado emergerá como un coágulo entre las aguas del río. En el acto pedofilico será su padre, mientras Kike, el niño que él una vez fue. Bernardo no atina a encontrar en el rostro de la palabra madre, el de su propia progenitora; por lo tanto, no hallará consuelo en lo femenino, menos, en el mito del amor; sólo una señal en el camino la identifica entre el polvo y algunas piedras desordenadas. La mujer será para su masculinidad una sombra exilada. Cuando baja de la sierra, atropellado por el vejamen y el tormento, y el negro José del Carmen lo ubica en la casa de la señora Remigia y su hija Eloísa, el huérfano descubre en el albergue del socorro y la piedad, las otras expresiones de la feminidad. En el grupo de mujeres que le dan cobijo, observa cómo la belleza y el encanto se siembran en el cuerpo y el alma de seres no vistos antes por él. Una belleza que el desterrado de sí jamás logrará alcanzar ni tocar profundamente. De allí que Juana Martina Clavillana o la misma Eloísa, terminen siendo espejismos del corazón. Bernardo nunca logra redimirse en el afecto.


Una especie de timidez, distanciamiento, falta de costumbre, no le permite a Bernardo incorporar a la mujer como una razón capital para su existencia. Ni siquiera acepta que lo consientan en las reuniones y en las fiestas del pueblo donde se enlazan los amores. Entonces, desciende al juego del azar y a través de ese camino que fragua las tentaciones de la incertidumbre, descubre la ambición de ser todopoderoso. El dinero lo seduce. Y mientras crece y se hace adulto, ingresa al mundo oscuro de los negocios con el desenfreno. Por eso, cuando matan a su tutor y único amigo, ese afecto pasajero llamado José del Carmen, lo venga con la furia ciega que sólo poseen los resentidos. Parte el corazón de Serafín, quien paradójicamente le enseñó como administrarse en el mundo del juego, sin piedad así como destrozó el cráneo de su padre. Desde niño, Bernardo aprenderá a conocer y sentir los sentimientos sólo en los extremos; inclusive, los del placer. Entonces, el poder de la mafia y la política, lo conquista y lo hace suyo para siempre a través de Emiliano Valentín. Porque el poder tiene la virtud de saber cómo hacer uso de la inocencia herida, al convertirla en inescrupulosa y cruel.


En la composición anecdótica de esta novela, hay otro hallazgo que le sustrae peso al drama, y ese precisamente es el humor. Un humor que humaniza, y que nos hace sobrellevar la vida como un bello accidente, lleno de contraste felices e infelices. Los personajes de la ficción lo agradecen por igual. Por su puesto, que la estructura psíquica de Bernardo no llega a modificarse en el tiempo, más bien, se acrecienta en la épica de sus dolores; pero el humor, con el cual dosifica el novelista el carácter del personaje principal de "Los mágicos", hace que sintamos hacia ese bello y trágico desdichado, la más profunda compasión.

Recapacitó: para eso estaban los árabes Nabil y Al Musa que cobraban cuotas de a dos bolívares por semana, y si alguna mujer resbalaba terminaba pagando con cuca; cuestión que a él le disgustaba sobremanera aunque todavía no sabía muy bien qué significaba aquello de pagar con cuca. En una ocasión una señora bastante mayor le dijo que si tenía dinero, ella le daría un poquito de cuca, y Bernardo le respondió de mala gana diciéndole que él andaba trabajando y no perdía tiempo en negocios chatos.



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