A través de los rezagados, esos seres que se quedan en el lugar de nacimiento, Dios creó también unos pequeños pueblos, donde el sol hace temblar los párpados y juega billar con toda la blancura, reventándola contra los ojos, hasta que la mente se llena de manchas negras y lagunas rojas.
—No arrastres los pies… camina como un hombre… ¿no eres un hombre? —le decía su madre. El tenía catorce años y el pecho huesudo. Ella pronunciaba frases así, pero qué iban a ser dolorosas, si la voz le salía aniñada y vestida de terciopelo.
Ella lo jalaba sin violencia aunque sufría un rencor. De sus manos brotaba un bálsamo que lo aquietaba, hasta el punto de hacerlo caminar sin oponer ninguna resistencia. Apenas ella le rozaba una mejilla o le palmeaba levemente la espalda, él se sometía. Ella lo llevaba de la mano y caminaba erguida por el lado derecho de la acera y cuando se cansaba cambiaba de lugar y de mano, pero todo lo realizaba con una dulzura tan abrumadora que podía sentir las abejas dando vueltas sobre sus cabezas. El no quería mirar el entorno porque detestaba descubrir los ojos vulgares de los hombres sin espíritu, clavados en su madre, que no debería verse tan bonita ni tan joven. La deshojaban mirándola, la destapaban mirándola. La ensuciaban.
Con la cabeza baja, él se limitaba a mirarse los pies y a tratar de atrapar en el viento que mueven los cuerpos, el olor de su perfume indiscreto que le servía como distracción mental, aunque en esta ocasión pudo congelar todo pensamiento y quedarse con la cabeza sumergida en una neblina que ayudaba mucho a proseguir sin que volviera a ocurrir ningún incidente.
Estaba caluroso el día y la gente pasaba yendo y viniendo sin que ni una sola persona pudiera sospechar que él se hallaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no liberarse de aquel sometimiento.
—Ya vamos a llegar… no te preocupes… —dijo ella sin mirarlo y él tampoco levantó la cabeza porque no quería enfrentarse con aquellos ojos, porque estaba completamente seguro de que si lo hacía todo terminaría en ese mismo instante.
Le costaba un poco proseguir sin levantar la cabeza, porque se sentía como si nunca más iba a ver esa calle que estaba ignorando adrede. Adivinó que se hallaban cerca de la zapatería de Mario y que dos casas más allá sentiría los olores del cafetín con sus empanadas y el choque de las bolas del salón de billar, que parecía establecer una conversación en código morse muy característica de unos hombres que se habían liberado de todas las ataduras cotidianas y vivían un sueño aparte que él no podría alcanzar en mil años.
El único amigo que yo tengo es Batman, con él me escondo y hablo. Un papá así como tú es que yo quisiera tener, le digo. Y Batman, con las manos en la cintura dice lo que no se puede no se puede. Y yo le vuelvo a criticar que ni siquiera tiene una novia. Si tú fueras papá mío, yo te ayudaría a pelear y mi mamá te cocinaría hervido de gallina los domingos. Batman dice recórcholis, se me está haciendo tarde y siempre se mete en su baticueva para que yo no le hable de que es el único hombre que soportaría al lado de ella. Santa amargura. Y se escapa porque sabe que sigo empeñado en la venganza. La venganza es mala, repite para que no le cuente y yo comienzo a darle golpes con el suplemento enrrolado a las hormigas que suben por la pared.
—Deja la pensadera… —exige su madre. Y él trata de borrar su mente como un pizarrón.
Levantó la mirada del piso a sabiendas de que ello constituía una terrible osadía y vio la bicicleta de Jacinto recostada a la pared de la sastrería. Eso pulsó instantáneamente el recuerdo del día en que se llevó escondido la bicicleta del señor Mardonio, como una especie de retaliación porque seguía metido en el cuarto de su madre. Fue una aventura desafortunada porque se le espichó una llanta y tuvo que regresar la bicicleta, en el preciso momento en que Mardonio salía de la casa. El señor Mardonio le rompió la boca de un manotón y su mamá lo salvó de una golpiza interviniendo y llevándose su empujón.
Lo que más le dolió no fue la rotura de la boca, sino el hecho de ver a su madre suplicándole a Mardonio que recapacitara, que eran cosas de muchacho y ella acariciando tan sumisa al hombre, quien se dio el lujo de imponerle un castigo que su madre aceptó de inmediato. Tuvo que limpiar el patio durante el resto del día, bajo aquel solazo y escupiendo sangre a cada rato, mientras su madre cantaba nerviosa y desesperada en la cocina, como si no hubiera ocurrido nada.
Ese Mardonio se le aparecía en sueños, presentía su mirada, le temía a la oscuridad porque lo creía agazapado, vigilándolo.
Todo el tiempo pienso en vengarme de Mardonio y Batman no quiere. Por eso fui de vecina en vecina, preguntando dónde podía estar el hombre que era mi padre verdadero. La señora frutera me dijo "tu padre es un tal Ignacio Bermejo", ¿y dónde lo consigo? Le pregunté. Es un hombre que maneja un tractor en una finca de la sierra. Y yo me puse a imaginar eso, pero no entendía cómo era posible que un tractor subiera y sirviera para algo en la sierra. Me escapé de madrugada para ir hasta allá, porque ese Bermejo tenía que saber lo que me estaba pasando. No le iba a pedir apellido ni dinero, lo único que yo quería era que se acercara por la casa y asustara a Mardonio. Si es que le dolía de alguna manera que otro hombre golpeara a una persona nacida por voluntad suya. De él. De Bermejo. Del hombre que dejó a mi madre a la deriva.
Esa vez caminó sin tener la certeza de que iba hacia un lugar definido porque su presunto padre podría no estar allí desde hace años. Ese padre no era más que una referencia, un cuento, un ser casi hipotético. Estuvo a punto de devolverse, cuando la falta de fe y el desaliento se materializaron en ampollas que le castigaban los talones, pero se encontró con un viejo que venía en sentido contrario y le explicó la dirección de Ignacio Bermejo. "Yo lo conozco, siempre lo veo. Cómo no. Ignacito. El único tractor que hay por allá arriba lo maneja él".
Baja la cabeza otra vez, porque no quiere seguir recordando, pero es imposible detener la secuencia de aquel encuentro entre él y su padre. Supo que era su padre apenas lo vio agachado revisando el tractor, porque tenía los mismos hombros estrechos que él. Lo peor de todo fue cuando se quedó cerquita mirándolo y el hombre no se volteaba, aunque su sombra caía a un lado de la sombra inclinada de Bermejo, como si un hacha los hubiera partido. Ignacio Bermejo se levantó y lo enfrentó. "¿qué quieres, muchacho?" preguntó y él estaba mudo, enredado en el desencanto, porque aquel hombre parecía un enfermo recién levantado de la cama. Le contó de una vez que era el hijo de Marcolina Ramírez y lo primero que le respondió el hombre fue que no tenía dinero para darle. El le dijo que lo venía a buscar para que le quitara de encima a un hombre que gozaba mucho pegándole a él y a su madre, y se quedó esperando el gesto de rabia que debería anidar en la cara de Bermejo, pero este lo único que hizo fue caminar hacia adentro de la casa, como si le hubieran dicho cualquier cosa sin importancia. El lo siguió y Bermejo estaba ya sentado en un cajón, limpiándose el sudor con un trapo sucio. "Llévate una botella con agua para el regreso" le dijo Bermejo. Y después le comentó que estaba pensando en irse de ahí porque el dueño de la finca quería venderla. En ningún momento le habló de que lo iba a defender de Mardonio. El se quedó ensimismado unos minutos y después salió. Bermejo se asomó a la puerta y ni siquiera le dijo adiós con la mano. Le dieron ganas de preguntarle "¿por qué dejaste a mi mamá?", pero se sentía desorientado ante la imagen de un guiñapo que no podía dejar a nadie porque era incapaz de acompañar.
Llegó de noche a la casa y su mamá lo estaba esperando asustada, porque ahora si es verdad que había abusado, yéndose sin permiso, y faltando a la escuela. Era como si le dijera que se preparara porque Mardonio lo iba a castigar. Su madre tenía una hinchazón en la mejilla derecha y él no quiso preguntarle nada. Simplemente se acostó a pensar en lo que vendría después. Tenía que irse de la casa pero no podía dejarla a ella. Y estaba seguro de que su madre nunca abandonaría ese sitio, porque lo único que ambos poseían era esa casa destartalada que se inundaba en invierno.
Pensó que al apenas amanecer se iría, lamentando mucho tener que abandonar a su madre. Ella como que adivinaba las cosas: se acercó a la cama y lo acarició un poquito. Pero esta vez no se iba a dejar convencer con arrumacos. Se hizo el dormido y ella se fue para su cama. Lo malo de todo esto, o sea: lo peor, es que Mardonio llegó como flotando a medianoche: un espíritu malo, un fantasma alevoso y se hundió en puntillas en el cuarto de su madre. Escuchó cuando la cama crujió. Ella le decía "quédate tranquilo, chico" y Mardonio la molestaba, se adivinaba el forcejeo. Su madre se quejaba tratando de no hacer mucho ruido. Escuchó cuando ella comenzó a llorar y se levantó de un salto. Entonces Mardonio le dijo "cállate, puta". Y agarró el cuchillo que tenía debajo de la cama. Lo tenía pensado desde mucho tiempo atrás, pero se sintió tieso, de puro miedo. Su madre lloriqueaba y pudo imaginarse claramente al hombre abriéndole las piernas. El cuerpo de Mardonio mezclaba con sudores ponzoñosos la oscuridad. Hubo murmullos, movimientos bruscos "déjame quieta… ¿te estás volviendo loco?" y quejidos ahogados. Eso le dio valor para vengarse de una vez por todas. Avanzó a tientas aferrado al largo cuchillo y entró al cuarto de su madre. Pudo ver al hombre cubriéndola con su cuerpo. La luz de una vela que estaba en el rincón encendida para algún santo, permitió que su madre lo viera parado con el cuchillo levantado.
A lo mejor si lo hundo demasiado atravieso a Mardonio y la corto a ella, y se quedan pegados por mi culpa. En ese instante pensé así, pero la rabia era mucha y tengo la impresión de que le rogué a Batman que apareciera y me agarrara el brazo.
Fue una lástima que no pudo verle la cara al hombre, pero su madre si lo vio a él con el cuchillo listo para descargar y no sabe de donde sacó esa fuerza con que empujó a Mardonio. Este cayó al piso y se dio cuenta instantáneamente de lo que estaba pasando. Su madre se paró y se interpuso entre los dos. Mardonio se fue acobardado hacia la puerta y aunque nunca lo iba a confesar, salió corriendo, huyó aterrorizado. Esos eran sus trancos horadando la noche. Lo había derrotado.
El se imaginó lo que hubiera pasado si su madre no hubiese impedido que el cuchillo hiciera su trabajo. El sangrero en la cama, el sangrero por todas partes.
—De todas maneras lo voy a matar algún día… —le dijo a su madre. Ella se puso a llorar, sentada en la orilla de la cama.
Esperó a que ella llorara. La cabeza agachada gimiendo. Y él con la cara hacia el techo tratando de ocultar aquella sonrisa de felicidad inenarrable. De orgullo que no podía compartir con nadie. Ella dejó de llorar, más o menos, cuando el amanecer alumbró los pliegues alojados en aquel cuarto.
Ahorita Mardonio debería estar tirado en el piso, llenándose de hormigas. Eso es lo que debería haber ocurrido. Su madre no lo apresura y en realidad no lo está obligando a seguirla. El podría fácilmente soltarse de esa mano y correr hacia otro destino. Pero esa dulzura lo ha acompañado desde que tiene uso de razón, es lo que lo ha alimentado a la hora de faltarle todo. Y le agradece que ella lo mirara, allá en la casa, y le dijera que los hombres siempre hacen las cosas a los trancazos y nunca piensan en vivir como seres humanos. Y no había reproches en su voz. Sólo en sus ojos. Sin embargo, ella lo peinó y le dijo que se pusiera una camisa limpia. También se mostró agradecida sin decirlo. Y lo que hizo que él se quedara de lo más aletargado y sumiso, fue que ella le comentó lo dura que había sido su vida. "Menos mal que nunca conociste a tu padre, porque él también me pegaba. Hubieras tenido que matarlo". El asunto es que ella tenía un imán para esos hombres violentos y la muestra estaba en que había parido uno igual.
—Ya vamos a llegar… —repitió ella.
El se atrevió a mirarla y le confesó algo que jamás le había querido decir.
—Los hombres que te ven no son buenos…
Ella aminoró el paso y él estuvo a punto de soltarse de esa mano temblorosa, pero optó por darle una última respirada al perfume materno. Porque ya estaban llegando. Era inevitable que llegaran. Y él iba a hacer el sacrificio de llegar, porque en el fondo estaba muy consciente de que la vida de ella era, realmente, más desgraciada que la de cualquiera.
Entraron por el pasillo que tanto temía. Y trató de olvidarlo todo. El Guasón se burló en sus oídos. Y lo borró. El Pinguino le puso una mano fría en el pecho y lo borró. Batman abrió la capa y se perdió en la mancha negra de sus pensamientos macerados. La voz de su madre vibró un poquito cuando preguntó a la secretaria lo que correspondía.
—El doctor está ocupado, pero en unos minutos la atiende… —respondió la secretaria, que lucía una cabellera marchita pintada de amarillo. Después se quedó mirándolo a él, con esos ojos tan astutos que se disfrazan de comprensión y no parecen de ella. Y preguntó, como siempre lo hace, por el sólo placer de preguntar.
—¿Qué te pasa ahora, Mardonio? ¿no te estás tomando los remedios?