El arquero de la oscuridad
En su hermoso vagar, Marco Polo conoció El Valle de la Oscuridad, aunque al parecer no se adentró demasiado en ese territorio. Desde tiempos incalculables, ese valle era un lugar cubierto de sombras y el aire era una espesa bruma. No había sol, luna ni estrellas en ese territorio, donde jamás terminaba la noche. Aún sigue siendo de noche en El Valle de la Oscuridad, pero hay luz eléctrica y se sabe que ha amanecido porque los niños salen hacia la escuela.
Los antiguos habitantes de El Valle de la Oscuridad no tenían señor, eran altos y pálidos. Cazaban con la destreza de quien puede moverse sin hacer ruido en medio de la negra campiña y conseguían pieles preciosas, de armiño, ercolines y de zorro negro.
Tenían como vecinos a los tártaros, quienes los robaban impunemente, porque lograron establecer un sistema para escaparse de la oscuridad. Los tártaros usaban un truco muy ingenioso: entraban a la negrura total del territorio, montados en yeguas que tenían potrillos. Dejaban los potrillos con guardianes, en la frontera donde la noche y el día estaban separados por una línea perfecta. Y después que robaban, los tártaros sencillamente soltaban las bridas de sus cabalgaduras y las yeguas encontraban la luz del país tártaro por el olor de los potrillos.
El Valle de la Oscuridad, que actualmente forma parte de una gran nación, y es como una mancha de tinta en el mapa, está de júbilo permanente, sin que por ello pueda trasnocharse, debido a que la noche sigue siendo eterna.
El Valle de la Oscuridad nunca había tenido un héroe hasta estos tiempos, cuando, después de cincuenta años de intentos infructuosos, la selección nacional de fútbol clasificó para competir en la Copa Mundial. Y he ahí el motivo de la histórica fiesta: el joven arquero Orkai Balún, nacido y criado en El Valle de la Oscuridad, se ha convertido en ese héroe tan necesario y todos los valleoscurinos rodean su casa, animándolo y apoyándolo mientras hace sus maletas.
Orkai Balún es alto y pálido. Salta como un relámpago, se mueve como un tigre atrapando pedazos de carne, en el marco de la portería. Jamás le han metido un gol y por esa insólita circunstancia fue que el director técnico de la selección nacional, lo escogió para suplir al arquero titular, quien se fracturó el fémur derecho y engordó veinte kilos en su convalescencia.
Todo el valle hierve de entusiasmo, menos Orkai Balún. Mientras prepara sus maletas, le acompaña su entrenador, el gran maestro Sagamoni, sacerdote del culto al sexto sentido. Afuera, la multitud celebra bebiendo licores blancos como la leche y regalándose entre ellos objetos blancos, porque es una costumbre que el blanco predomine donde hay alegría.
Orkai Balún le dice a su maestro que tiene muchas dudas, porque en su interioridad está convencido de que va a morir cuando le hagan un gol.
—Temo fallar… los mejores goleadores del mundo estarán allí… cada uno de ellos puede ser mi verdugo… sufro pesadillas espantosas donde me rodea un ejército de tártaros y todas sus flechas me apuntan —comenta.
—El arco sólo existe para los jugadores contrarios, si tu abres sus puertas. El arco es una dimensión infinita, que puedes cerrar completamente a tu alrededor, si no pierdes contacto con el sexto sentido… mientras no haya arco, el balón siempre caerá en tus manos…
Orkai Balún dobla las últimas camisas. Ya la maleta está lista. Su maestro se le acerca y le pone las manos sobre los hombros. "Eres el mejor arquero del mundo: eso no debes dudarlo. Pero jamás apagues el sexto sentido, porque entonces el arco se abrirá hasta convertirse en un horizonte desprotegido".
Orkai Balún escucha el bullicio de sus paisanos en el exterior. Sabe que su padre, su madre y sus dos hermanos, están afuera dirigiendo la fiesta. Que un gol lo mate no le importa tanto como decepcionar a su gente. El gran maestro Sagamoni escucha este pensamiento, cosa usual en él, y le dice "ni siquiera poniéndote de espaldas podrían meterte un gol".
Sin embargo, el rostro de Orkai Balún se apaga con un gesto de incertidumbre. El maestro retrocede suavemente. Pone tres metros de diferencia entre ambos. Saca un puñal como si temiera hacer ruido con la hoja y sorpresivamente lo lanza al pecho de Orkai Balún. El muchacho, sin parpadear siquiera, atrapa el cuchillo entre las palmas de sus manos, como si realizara un único aplauso.
—¿Te das cuentas? —expresa el maestro.
Orkai Balún sonríe ahora. Se siente más seguro. Porque jamás se desconecta del sexto sentido.
—El único esfuerzo que debes hacer, es el que ya sabemos… —agrega Sagamoni, mirándolo a los ojos de azul transparente.
—Sí… —responde, Orkai Balún.
—Nadie debe darse cuenta que eres ciego… —advierte el maestro guardando su puñal y avanzando hacia la puerta.
Orkai Balún agarra la maleta, y comienza a saludar a todos por su nombre.
Publicado en El Nacional, 30 de mayo de 2002, Pág. B-14