La guerra de independencia desatada durante un largo tiempo, saturó inevitablemente los campos de guerreros desocupados, que le cogieron el gusto a decidir por la fuerza cualquier querella y cualquier destino. Aquel semillero de caudillos, aquellos caudillos en flor, prolongaron sus influencias hasta convertir el continente en un lugar que parecía caracterizarse por producir dictadores, que convertían en malas palabras los términos más nobles, porque se autodenominaban demócratas, defensores de la libertad y salvadores de la patria.
Las dos últimas dictaduras que vivió Venezuela fueron como una larga noche desprovista de lámparas. Y en medio de esa noche oscura, una cierta verguenza cívica agitaba a hombres y mujeres de mentes inquietas, que buscaban como niños a punto de nacer, una salida hacia la luz. Leían a Proust, leían Los Miserables , de Víctor Hugo, leían a Rimbaud y tenían que vivir como si no supieran leer. Ellos buscaban una salida hacia una sociedad distinta, más civilizada y más compenetrada con los conocimientos adquiridos por la humanidad, en materia de derechos y de libertades, de progreso y de ciencia, de justicia social y de legalidades más humanitarias.
Muchos de esos ciudadanos, dedicados a buscar una fórmula de justicia social y de conseguir una democracia que no fuera siempre un sueño del futuro, murieron de angustia, aunque fingieron que se morían de paludismo, de tuberculósis o de infartos, como cualquier mortal. Hoy no los vemos, no nos fijamos en ellos, hasta hemos olvidado un poco sus vidas y sus libros se resecan en los estantes y se llenan de unos bichitos analfabetas que sin embargo se comen los libros y la historia.
Eran los hombres de la transición entre la época en que unos pocos gobernaban ajuro, a punta de armas a una mayoría y seguían permitiendo los desafueros de cúpulas de todo tipo, y la época en que parecía posible construir un proyecto de democracia, en el que las instituciones no fueran burdas prolongaciones de poderes antipopulares, sino estructuras sanas al servicio de la gente.
El gran hombre de la transición fue precisamente Mario Briceño Iragorry, porque él vivió la metamorfósis de ser un funcionario de los años dictatoriales, que sin embargo promovía una búsqueda de justicia y de igualdades sociales, hasta convertirse en un atrevido, osado, hasta temerario critico de todo lo que fuera intolerancia, totalitarismo, o irrespeto a los derechos fundamentales del hombre.
El camino de quien teme llegar a la meta, trazará fácilmente un laberinto, dijo Walter Benjamin, refiriéndose a Baudelaire. Y en las novelas "laberínticas" más importantes el laberinto es la sociedad misma. Mario Briceño Iragorry no temía seguramente llegar a la meta, pero su vida fue un laberinto. Vivió con la bestia y logró salir a través de sus palabras, que lo muestran rebelde y atribulado, decente y mancillado, pero por sobre todas las cosas, sus escritos lo revelan como un hombre auténtico que trató de vivir como opinaba: su discurso y su vida eran una misma tragedia.
Qué hombre tan inquietante e incómodo, era Mario Briceño Iragorry. En una Venezuela donde los poderes públicos y privados siempre han sido de "mírame y no me toques", tuvo la valentía de criticar, directa y crudamente a todos los estamentos de poder, en su búsqueda tenaz de una justicia social verdadera.
Para un municipio llevar ese nombre ilustre, debe ser un orgullo de los más difíciles y admirables que se conozcan, porque Mario Briceño Iragorry no es otra cosa que un tigre dormido, una fiera que se despierta con apenas pasarle la mano a una sola de sus páginas.
Para muchos, Mario Briceño Iragorry es una escuela primaria, un liceo o una plazoleta perdida en los confines de un pueblito sin río y sin oficina de la Cantv.
Por ello su nombre se usa en masculino o en femenino, dependiendo de la relación que haya tenido la persona con uno de esos planteles: "yo estudié en la Mario Briceño Iragorry", "yo me gradué en el Mario Briceño Iragorry". Casi nunca se dirá "Nos vemos en la plaza Mario Briceño Iragorry", porque generalmente a los bustos se les caen los nombres y la gente se acostumbra a no saber cómo es que se llama ese señor, que no debe ser muy importante porque si no estaría montado en un caballo.
Lo cierto es que, dejando de lado la maravillosa sensación de que Mario Briceño Iragorry es aragueño porque está aquí, sembrado en este municipio, su nombre flota como retenido en el limbo donde la memoria y el olvido libran una batalla silenciosa para ver que tipo de ángel sobrevive.
Nació en Trujillo, el 15 de septiembre de 1897 y en 1997 se celebró el centenario de su nacimiento. Se reeditaron sus libros y sus cartas y el país volvió a tener la oportunidad de leerlo, pero lamentablemente muy pocos venezolanos lo han leído. Porque es insuficiente el tiraje de sus libros, porque no se distribuyen, porque la gente no tiene tiempo de leer y porque eso, además, es un ejercicio muy aburrido.
En el segundo viaje de Cristóbal Colón, llegó a Venezuela un hombre llamado Sancho Briceño y de ese lejano marinero desciende Mario Briceño Iragorry. Seguramente, esa circunstancia, lo convirtió en un enamorado de la historia.
El escribió su obra y la publicó, entre las dos últimas dictaduras que ha tenido el país. Eso de tener que vivir sus mejores años en el medio de dos dictaduras, no fue fácil para un hombre que adquirió una convicción democrática y una visión más amplia que muchos otros, respecto a las injusticias sociales y al desenvolvimiento avasallante de los poderes internacionales.
Mario Briceño Iragorry estudió Derecho en la Universidad de los Andes y luego se doctoró en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, donde fundó la escuela de filosofía y letras.
Era un hombre público y tenía que trabajar dando clases o ejerciendo alguna función en el Estado. Estuvo en el Ministerio de Relaciones Exteriores con José Antonio Ramos Sucre, Lisandro Alvarado, Jacinto Fombona y Mariano Picón Salas. Fue gobernador de Valencia en el año 1928 y presidió el Congreso de la República. Fue gobernador del estado Bolívar. Allí becó a un muchacho llamado Jesús Soto, para que pudiera estudiar en Caracas.
En las elecciones del año 1952, encabezó las planchas para diputado en el Distrito Federal, acompañando a Jóvito Villalba y cuando la Junta de Gobierno desconoció los resultados, se fue a Madrid, al exilio, hasta el año 1957, que se mudó a Italia. En 1958, cuando cayó Pérez Jiménez, regresó a Venezuela y murió a los pocos meses, el 6 de junio de 1958.
El asunto es que sus escritos fueron realizados como si adivinara esta época. A su manera, fue un reportero de la historia: narró con verosimilitud y modernidad muchos hechos históricos. Su mayor mérito fue trascender hacia estos tiempos. El logró mostrar en sus escritos, con una crudeza desgarradora y a veces muy urticante, a una Venezuela cuyas virtudes y defectos no han variado.
Elías Pino Iturrieta, quien analizó las cartas de Mario Briceño Iragorry, sacó una conclusión justa y precisa: Mario Briceño Iragorry se angustiaba ante la incapacidad del país para enfrentar los retos de la modernización y de la democracia. Se angustiaba porque le parecía que los ricos son voraces y malucos, y porque los pobres prefieren creer en caminos fáciles, en vez de obtener conocimientos ciertos, que es lo que derrota la pobreza. Porque el ciudadano con conocimientos verdaderos puede llevar a cabo con éxito cualquier acción.
En aquellos tiempos, ya intuía que no puede existir una verdadera democracia si se reparte injustamente la riqueza. Y no se refería con esto a dar limosnas a los pobres.
Estaba definitivamente contra la explotación del hombre por el hombre, pero desde una óptica cristiana. En una carta que le envió a Monseñor Jesús María Pellín decía: "No amenace usted a los ricos con la perdición del alma. Ellos tienen su corazón donde tienen su tesoro. Por lo regular lo cargan al lado derecho, donde suelen llevar la billetera. Y por eso se llaman derechistas. Llámelos usted por su nombre. Cristo dejó en sus discursos y parábolas nombres que les van bien. Y sobre todo, que no se llamen cristianos, que al menos no desprestigien la doctrina. Lo menos que se les puede pedir es que no sigan sirviendo para que el pueblo hambriento crea que nuestra verdad es una mentira".
Y lo acusaron de marxista. Y a esto respondió: "El cristianismo ha indicado siempre las causas de los males sociales. El marxismo sirve al mismo fin de diagnósis social. Marx aportó una visión coincidente: apuntó y abultó las causas del mal". Pero el marxismo, según Mario Briceño Iragorry, para llegar a un estado social de igualdad distributiva en la justicia, desecha los caminos del amor y señala los del odio.
Era un hombre que deseaba ser justo. También dijo en una carta:
"Somos en extremo intolerantes y nos guiamos sólo de nuestro amor propio. Confundimos el legítimo derecho a guardar la integridad de nuestro libre patrimonio espiritual, con el falso derecho de imponerlo a los demás y de irrespetar, por consiguiente, su integridad interior".
Me temo que muchos no se atreverán a leerlo, porque se hallarán comprendidos en un párrafo y rechazados en el otro. Y sin embargo, esa es la grandeza del hombre que luchó por definir la nacionalidad, por saber a ciencia cierta qué cosa era ser venezolano.
Me temo que durante demasiado tiempo, seguirá siendo una escuela primaria, aunque en realidad sea una escuela existencial. Para él la democracia verdadera es aquella donde todos caben y tienen derecho a ser distintos. Donde ningún poder está por encima de la gente. Ni el político, ni el militar, ni el económico.
Voy a terminar esto afirmando, que Mario Briceño Iragorry, cumplió con su deber cultural. Pensó, investigó,sintió y transmitió todo eso para que le sirviera a los demás a lo largo del tiempo.
El hombre es una realidad biológica, como diría Savater. Esto significa, que el hombre es como un melón o como un caballo. Nadie tiene que enseñarlo a comer o a orinar. Ya viene con todo eso incluido.
Pero es también una realidad cultural, porque el lenguaje sí tienen que enseñárselo a uno. Y le cuentan todo lo que ha ocurrido antes de que uno naciera. El aprendizaje cultural te advierte que ya el carro está inventado pero que puedes inventar otra cosa. Y lo primero que se debe hacer es convertirse en persona, en ser humano, haciendo sentir al otro que es persona y que se le respeta como ser humano.
Mario Briceño Iragorry, trató con todas sus fuerzas de que eso ocurriera. Y eso hay que agradecérselo. Yo se lo agradezco hoy, en este hermoso municipio que lleva su nombre. Venezuela ha producido hombres y mujeres de esa talla y seguirá produciéndolos. No ha sido tan inútil, después de todo, que se creara este país. Hemos tenido buenos maestros y los seguiremos teniendo. Aunque se fosilicen convertidos en calles anónimas, en placitas recalentadas, en escuelas sin memoria o en bibliotecas que se empolvan y se marchitan sin lectores.
Pero el tigre de los libros sólo permanece dormido hasta que aparece alguien dispuesto a pasarle la mano por el lomo y a escuchar como rugen sus páginas. Porque todo lo que se despierta ruge. Y todo despertar es un rugido.
Leído en Maracay, Alcaldía de El Limón, discurso de orden en el aniversario del Municipio.