Confieso que fracasé como deportista por culpa de aquellos que siguen insistiendo en la vieja y extraña creencia de que hacer el amor debilita las piernas.
Tenía que entrenarme para pelear con el Campeón Mundial y me tuvieron tres meses trotando, corriendo, saltando la cuerda, haciendo lagartijas, lanzándole golpes a mi sombra y comiendo bistec a la plancha. Durante ese tiempo la única mujer que podía ver era la señora cocinera, una anciana gorda que no le habría apetecido ni a King Kong en su momento más desesperado de exitación. Con todo y eso llegó un aciago día en que la quise apretujar y el entrenador comenzó a pedir comida en la calle.
—¡Eso es maraca, eso no es lagartija¡ —me gritaba el entrenador cuando habían transcurrido dos meses en ese trajín de convertirme en el hombre más resistente, sin dejarme hablar ni siquiera por teléfono, con mi mujer.
Una sola vez pude conversar con ella brevemente y la muy sádica comenzó a excitarme con frases de segunda intención como “¡ay papito!, ¿por qué no me han enviado el cheque?”, que sutilmente quería decir “¿cómo voy a terminar de pagar el juego de dormitorio?”, y a mí la frase “juego de dormitorio” me estaba matando de pasión.
Finalmente llegó la noche de la gran pelea y el entrenador todavía se lamenta por lo ocurrido. Me sacaron a través de una avenida de gente hacia el iluminado ring. El olor de cientos de fragancias femeninas me turbó tanto que el réferi le exigió a mi entrenador “dígale que se saque el protector que la pelea no comienza todavía”.
El campeón era un mastodonte lleno de músculos y parecía echar humo y fuego por la nariz y ojos. Indudablemente uno de los dos había equivocado la profesión, uno de los dos estaba demás y el público se notaba electrizado por esa circunstancia.
El campeón bufaba, decía obscenidades, tenía todas las trazas de ser un delincuente. Yo no sé cómo dejan subir a un ring a gente tan desconsiderada.
El público comenzó a aplaudirme porque el campeón se mofaba de mí desde su esquina, y yo apenas si me daba cuenta de que él estaba allí, impaciente por salir a pelear: los perfumes femeninos que emanaba la primera fila me tenían hipnotizado.
Cuando sonó la campana el campeón se me vino encima, pero por alguna razón se convirtió en Dona Summer con pantaloncitos. Le toqué una nalga y casi me mata a golpes, pero ciertamente no vi la bestia, lo juro: para mí era la Toya Jackson.
Nadie olvidará jamás esa pelea. Todavía hay quien cree que el campeón se ensañó con un hombre indefenso que sólo atinaba a tirar besitos, pero la culpa de todo la tuvo, en primer lugar, aquel encierro sin mujeres y, en segundo lugar, esa maldita costumbre que tienen ahora los campeones de estar poniéndose pendientes y zarcillos.