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El último pavo de Navidad nacido en un corral

Tenía hambre, sus bolsillos estaban vacíos; el amor le había abandonado y entonces se topó frente a frente con aquel pavo adormilado. Se sintió un homicida, un ser despreciable, pero era necesario sobrevivir

 

Un pavo grande, gordo, sentimental, dormitaba a eso de las seis de la tarde recostado a una cerca por la vía de Higuerote. Arturo venía manejando, desesperanzado, su abollado, rayado y asqueroso carro de 1970. El desánimo con que conducía era lógico porque en Caracas lo esperaba un apartamento vacío y una nevera que sólo contenía una botella de agua y un chorizo de 1989 cubierto de hielo.

El apartamento de Caracas se hallaba vacío porque Arturo era un esposo abandonado y la nevera carecía de quórum debido a que él sufría un desempleo crónico de ocho meses.

El pavo se iba petrificando de sueño, a una hora en que todavía la negrura de la noche no llega y la brillantez del día se convierte en un apagón púrpura. El ave tenía aura sentimental seguramente por representar a una especie que está en vías de extinción, en cuanto a crianza se refiere.

Arturo detuvo su carro, sacó una bolsa de lona que tenía en la maleta llena de ropa que iba a llevar algún día a la lavandería. La vació, y sin pensarlo mucho saltó la cerca y atrapó el pavo. En cuestión de segundos tiró la bolsa en la maleta del vehículo y salió disparado por la cinta oscura de la carretera. Una alegría inenarrable retumbaba en su caja torácica.

Un pavo era como un signo de interrogación en el espacio de un corral. Arturo mezclaba euforia con nostalgia pensando que ya casi no quedan casas con solar ni señoras dedicadas a esos menesteres de criar animalitos para asegurar las cenas navideñas y otros gloriosos momentos culinarios. Se le venía a la mente aquel patio grande con pocitos para los patos, con un gallinero escandaloso, con un chiquero en el rincón final.

Las matronas actuales —meditaba— prefieren la peluquería y sus designios. Por eso es que la carne de cochino y el pato a la naranja se han vuelto tan caros y las viejas cincuentonas son tan bonitas.

Se le aguaba la boca cuando la línea del pensamiento se desviaba hacia el pavo que llevaba en la maleta. Volvió a su machista manera de pensar: por falta de buena alimentación los hombres pierden fuerza rápidamente y se marchitan comiendo panquecas. Las señoras que abarrotan las peluquerías (en vez de criar pollos y pavos) no logran desencadenar fértiles explosiones libidinosas en sus esposos o empates porque las panquecas con jarabes químicos matan todo.

Cuando había recorrido unos cuantos kilómetros se detuvo para abrir huecos en la bolsa de lona. Luego siguió rodando con la angustia de sentirse sorprendido en una alcabala por la policía o la Guardia Nacional. Ensayó varias respuestas por si acaso, pero ninguna era convincente. Se quedó con: “Es un pavo que me regaló mi tía”.

A las diez de la noche estaba subiendo a su apartamento con la enorme bolsa moviéndose. Disfrutaba de antemano la sopa, la fritura, todo lo que haría con la carne. No sabía cómo preparar un pavo relleno.

Encendió las luces, averiguó con inusitada felicidad que tenía gas, que había fósforos y sal, que quedaba un poquito de aceite y en el fondo de la despensa brillaba un celofán que envolvía un puñado de hilos de espaguetti.

Fue en ese instante cuando se enfrentó con la inaguantable realidad: jamás había matado un pavo y hacerlo le producía tanta desazón como acostarse sin comer.

El hombre siempre escoge la sobrevivencia. Arturo buscó el cuchillo más fino y abrió la bolsa agarrando por el pezcuezo al gran aparato plumífero. Sintió el calor, la delgadez, la flexibilidad del cuello. El pavo parecía querer decir algo en el idioma gutural de las aves que se ahogan y Arturo, antes de arrepentirse y quedarse sin cena, le cortó la cabeza al animal que estaba pataleando, pendulando, aleteando, forcejeando.

La cabeza, por supuesto, le quedó en la mano izquierda, pero el resto del pavo (que era casi todo el pavo) con las plumas abiertas como penacho de cacique siux, salió corriendo por todo el departamento, lanzando chorros de sangre al techo, a las lámparas, a las paredes, al sofá, al televisor. Finalmente el pavote fue a caer, girando como un alud, en la mesita de cristal, donde se murió de manera definitiva encima de un cenicero y de un puñado de revistas.

Arturo perdió los estribos, maldijo, se lamentó, y se dejó vencer por el llanto, para después reír como loco a carcajadas, porque el hambre predominó, y se llevó el pavo a la cocina. No sabía qué había sucedido con la cabeza del animal hasta que la encontró en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

A las tres de la mañana estaba listo para acostarse, con el estómago lleno y sin demasiado complejo de culpa por haber matado a aquel bobalicón alado. “Cuando me levante, limpio el desastre”, se dijo y se acostó.

Soñó con su esposa; en el sueño recorrió todo Río Chico buscándola. Le habían dicho que vivía por esos lados. No intentaba perdonarla y ni siquiera sentía rabía porque se hubiese escapado con aquel individuo tan anodino. Sólo quería plantearle lo de la venta del apartamento: a la muy distraída se le había olvidado que estaba a nombre de ambos.

No supo qué hora era, pero despertó con un sobresalto escalofriante: soñó que su esposa estaba muerta, acuchillada, llena de cortes, encima de un charco de sangre.

Decidió ponerse de inmediato a lavar toda aquella sangre y cuando estaba haciéndolo, tocaron la puerta.


De: El ángel de la calle
El Diario de Caracas, viernes 9 de agosto de 1991. Última Página.




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