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Las bolas perdidas

Aparte de ser bárbaramente divertido, entrar a un patio de bolas criollas, hace cincuenta años era como participar en un curso intensivo que ha podido denominarse "aprendizaje relancino de venezolanismos y otros sucedáneos".

Había bolas de madera, un poco más grandes que las actuales, pero tendían a agrietarse y a romperse, después de unos tres años piches de juego. Generalmente, dos de esas bolas de madera eran de mayor tamaño que las demás. Servían para que algunos jugadores se las echaran de fortachones, porque lanzar una a cinco metros de distancia ya era como un trabajo. Y ese tipo de sensaciones le quitan placer a cualquier juego.

Los jugadores llamaban a esas bolas de madera "las mariotas", un superlativo de María, seguramente porque en alguno de los botiquines con patio ejerció su influencia una mujer llamada María, que probablemente destacaba por su físico o porque usaba sostenes de talla gigante. Nunca jamás nadie supo explicar quién las hacía, ni cómo, pero lo cierto es que su empresa quebró.

Aparecieron las bolas de un material irrompible, semejante en su interior al asfalto, y se impusieron sobre las de madera. Eran verdes, rojas o negras, pero el mingo, una bola pequeñita que constituía el norte a seguir por el tiro de los jugadores, era blanco o negro y le gustaba esconderse en raíces de samán o en huecos difíciles de alcanzar. Daba la impresión de que el mingo tenía vida propia y le placía hacer más complicadas las cosas a los jugadores.

Si alguien se atravesaba demasiado le decían "estás más atravesado que perro en patio de bolas", porque, en efecto, siempre había perros interponiéndose en los tiros, como si ese juego les importara un comino. De ese juego nació el refrán "tú no arrimas ni una pal mingo", refiriéndose a que el sujeto no colaboraba con nada, ni siquiera ponía para comprar las cervezas.

Los jugadores expertos, lograron tanto dominio de la bola, que parecían jugadores de billar. Conseguían toques con efectos, golpes con carambolas, boches clavados (que la bola le pegaba a la otra y se quedaba quieta exactamente en el mismo sitio de la bola golpeada). Y unos pocos campeones conseguían lanzar "el tornillo de Santa Clara, que da vueltas y no se para", una suerte de lanzamiento en que la bola se iba girando como un trompo y hacía verdaderos desastres en las filas enemigas.

En el juego de bolas criollas intervenía un personaje al que llamaban "chacero". Este se dedicaba a controlar el juego y a medir la distancia entre las bolas y el mingo. Usaba una vara para medir y generalmente el equipo conformado por amigos del chacero, se beneficiaba a la hora de decidir quién había quedado más cerca del mingo.

"Chacero" es un término que desapareció antes que lo hicieran las bolas criollas, que todavía suenan y resuenan en algunos lugares del país. Es hijo sietemesino de la palabra "chaza", de chazar, y en realidad debió denominarse "chazador". Chazador es "el jugador que no juega pero que se dedica a cuidar el sitio de la chaza".

Mientras competían, los contrincantes hablaban sin parar. Hablar era como parte de la contienda. Se rebuscaban insultos, agresiones verbales, con un estilo parecido al del contrapunteo. En los autobuses actuales, ponen un letrero que reza "el bruto grita, el inteligente habla y el sabio se calla". Pero los jugadores que no hablaban ni gritaban, tal vez porque carecían de mensaje verbal y de facilidad de palabra, optaban por tirarse pedos o "fabricar" escandalosos eructos. Cuando los pedos eran burda de hediondos, se suspendía el juego por unos minutos y era el único momento en que los perros "boleros" se dedicaban a perseguir lagartijas o a ladrarle a los carros, haciéndose los locos.

Lamentablemente el juego de bolas criollas es una de esas actividades que parecen a punto de extinguirse, y no sólo porque en las olimpíadas no lo toman en cuenta. Lo que ocurre es que las mujeres protestaban constantemente por el estado en que llegaban los hombres después de jugar: la ropa quedaba más sucia que braga de mecánico.

Ensuciarse la ropa jugando bolas criollas era algo tan normal, que en Venezuela, las primeras propagandas de detergente, aconsejaban a las amas de casa usar determinada marca, en vez de ponerse furiosas con lo que en una época fue el deporte nacional.

Ellas preferían que los hombres jugaran dominó y eso contribuyó a que mermara el interés por el juego de bolas. También ocurrió que las bodegas y botiquines con patio de bolas decidieron usar el terreno en otro tipo de cosas y los clubes proliferantes, prefirieron incorporar deportes donde no se dijeran tantas groserías y los perros callejeros no tuvieran derecho a participar.

En Londres juegan bolas, aunque allá no son criollas, pero el juego se desarrolla de manera idéntica. A orillas del Támesis hay canchas magníficas, de arena, donde los ejecutivos llegan para distraerse y a conversar de negocios mientras persiguen al mingo. Los jugadores ingleses están bien organizados: se aparecen con pequeños maletines donde llevan sus propios juegos de bolas, porque son esferas más pequeñas que las usadas por los venezolanos. Para movilizar un juego de bolas criollas hay que usar, por lo menos, un baúl. Por cierto que otro dicho originado en un patio de bolas afirma: "eso es más incómodo que jugar bolas en un camión volteo".

En las ramblas de Barcelona, también hay canchas de arena, a las cuales acuden religiosamente ancianos y ancianas para trenzarse en agradables partidos, donde lo fundamental es la conversación.

El juego de bolas languidece también por una razón fundamental: a las mujeres de hoy no les gusta esa competencia, no le ven las hazañas. Y al hombre le gusta lucirse y ganar, para que las mujeres lo admiren.

En el juego de bolas criollas llevas a tu esposa para que te vea, y lo primero que hace es gritarte: "¡cuidado como te ensucias los pantalones, desgraciao, que tu no lavas!".

Y así ¿cómo se descubre un campeón? Por eso es que Rivaldo juega fútbol.

Publicado en el diario El Nacional, pág. B-4. Caracas 14 de octubre de 2001




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