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Contaban hasta nueve

¿Cómo definirla? Cuando el mundo supo enteramente de su existencia, ella se desenvolvía como una balletista que no necesitaba música, y de repente, aunque apenas acababa de cumplir 14 años de edad, encarnaba la máxima expresión de la fuerza y de la armonía femeninas.

—¿Quién es esa niña?— preguntaron millones de seres humanos y los televisores respondieron frenéticamente "¡Nadia Comaneci¡".

Eran los Juegos Olímpicos de 1976 y Nadia Comaneci implantaba un récord tal vez irrepetible de siete puntajes máximos de diez, ante un jurado tan exigente y perfeccionista, que la puntuación de diez era para ellos un supuesto negado, imposible utópico, pajaritos preñados de la gimnasia, sueños de una noche de verano. Hasta que se toparon con una diminuta chica que transformó en abrupta realidad aquella fantasía deportiva.

Nadia Comaneci quebraba la cintura como un escorpioncito. Cuando los fanáticos del horóscopo supieron que había nacido el 12 de noviembre de 1961, exclamaron "por supuesto". Vio la luz en Onesti, una población ubicada en la frontera entre Rumania y la poderosa Unión Soviética del siglo recién pasado. A los seis años de edad, mientras brincaba fingiendo que hacía barras, junto con otras niñas, la descubrió el entrenador Bela Karolyi. La miró y se impactó. El mismo vistazo en ráfaga que esclavizó a Drácula, a Romeo, a Marco Antonio. Lo que Karolyi vio le impactó tanto que se dedicó a enseñarle todos los secretos de la gimnasia, a esa diminuta hada rumana.

La inscribió en un colegio especial, donde le permitían practicar cuatro y cinco horas diarias. Se alimentaba con frutas, leche y queso. Se templaba como un delgado y flexible alambre de acero. En 1970, con nueve años de edad, y tres años de oficio, ganó el Campeonato Nacional de Gimnasia Junior de Rumania. Cuando declararon abierto el Campeonato Europeo de 1975, participó en cinco eventos y ganó cuatro.

"¿Qué saben de esa muchachita?" preguntaban los expertos soviéticos a sus entrenadores y ellos respondían, sobrados, "no se preocupen, camaradas: la gimnasia le pertenece a la maquinaria soviética".

Nadia no pudo competir en los campeonatos mundiales porque aún no alcanzaba la edad reglamentaria, pero en 1975 fue inscrita en las pruebas que se llevaron a cabo en Skien, Noruega, y allí, sobre el frío panorama, derrotó a la soviética Ludmilla Turishkeva, campeona olímpica de 1972 y reina indiscutida de la gimnasia internacional.

Los camaradas entrenadores intuían que cualquier día tendrían que organizar equipos en Siberia si no disipaban ese peligro. Comenzaron a estudiar las características de Nadia Comaneci, pero al parecer persistieron en su error de no calibrarla bien. Aún siendo una niña que en la soledad de su habitación arrullaba muñecas, ella mostraba un autocontrol que no hubiera soñado ni James Bond, cuando hacía el papel de Sean Connery. Podía concentrarse tanto y mantenerse tan seria en sus ejercicios, que parecía un ser sin sentimientos.

En Montreal el poderosísimo equipo soviético desfilaba como el garimpeiro invencible que se había llevado el oro en las olimpíadas anteriores. La muchachita de 14 años era el único escollo.

El 18 de julio de 1976, en el Forum de Montreal se desarrolló la primera prueba de la gimnasia olímpica. Como la marca imposible era un diez los tableros no estaban preparados para ello. No marcaban esa cifra. Nadia logró dos calificaciones perfectas en las barras asimétricas y en la barra de equilibrio. Llamaron al ingeniero del tablero (que se apurara, que qué iban a hacer) y el hombre tuvo que poner 1.0. La gente se sorprendió mucho y casi se arma la pita hasta que explicaron por parlantes que donde decía 1.0 debían leer "diez". ¡Diez¡

Nadia Comaneci consiguió, como quien bebe agua, siete calificaciones de 10 puntos en todo el bendito torneo. Su actuación gimástica fue la más perfecta que se haya dado en toda la historia de la humanidad.

Así fue como una muchachita cambió un deporte de minorías en la máxima atracción de los juegos olímpicos.

Pero la fama fue su karma y comenzaron los problemas. Se decía que gobierno de Nicolai Ceacescu la usaba como propaganda. Aparte de eso, ella estaba creciendo y aumentaba, lógicamente, su peso. Para completar el drama, su entrenador Bela Karolyi desertó en Dallas, Texas y los Estados Unidos se beneficiaron hasta el punto de que el equipo norteamericano, conducido por él, fue un protagonista inolvidable en las olimpíadas de Los Angeles, de 1984.

Nadia tenía 18 años cuando se llevaron a cabo los juegos de Moscú y los jueces le quitaron la medalla de oro: todo el mundo, menos los jueces, la vieron ganar.

Después de eso comió chocolates hasta cansarse; se tejieron chismes escandalosos de que ella era amante de Nicolai Ceacescu y hasta dijeron que había buscado asilo en Estados Unidos.

Luego la olvidaron, aunque seguirá siendo por siempre la gimnasta perfecta. Otras mujeres obtuvieron más medallas de oro que ella, pero ninguna ha superado esa puntuación. Gracias a Nadia Comaneci, la pizarra electrónica de la gimnasia tiene ahora en sus entrañas de computadora el número diez.

Y aunque jamás se haya dicho, todos los hombres del mundo se enamoraron de esa Lolita. Hasta el punto de envidiar a un tipo como Nicolai Ceacescu.

Tal vez en este momento ella es una señora gorda y casi anónima, pero la palabra "perfecto", que brotó en el siglo XIII como un mito, tomada del latín "perfectus", tuvo que esperar setecientos años, a que ella naciera, para justificarse.

Publicado en el diario El Nacional, pág. B-4. Caracas 27 de junio de 1989




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